BELÉN LEZAMA
Y no es que a estas alturas sorprenda a nadie la mezcla de razas o culturas. Pero resulta digno de señalar que en un palacio edificado por un emperador cristiano en pleno monumento nazarí, una orquesta británica, dirigida por un americano, interprete las obras de dos autores franceses en las que interviene un coro de voces granadinas. La música tiene estas cosas tan estupendas. Y la cultura, a veces, también. Y el propio Festival, que sucede en una ciudad como Granada, que presume de multiculturalidad, mentalidad y brazos abiertos.
A veces, la teoría se funde con la vida misma. Aunque sea en ese pequeño gran mundo que aparece cada final de primavera aquí, en esta ciudad de anocheceres magníficos e irrepetibles que parecen hechos para escuchar música. En este par de semanas anuales en las que si alguien no se recrea en cualquier tipo de música, en cualquiera de los innumerables escenarios repartidos por los cuatro costados de Granada, es porque no quiere. Y ojo, que eso también es respetable.
Arrancó el 58 Festival dando la nota. Y tanto. Nada de sinfónicas ni montajes espectaculares. Sólo una singular cantante, Edita Gruberova, ya casi una leyenda, y un piano sobre el escenario inaugural. Pero la apuesta le funcionó a Enrique Gámez y, por si alguno de los fieles mantuviese alguna reticencia íntima –porque en voz alta nadie rechistó– veinticuatro horas después, la mitad del bellísimo patio del Carlos V acogía a la nutrida nómina de profesores que integran la prestigiosa Orquesta Sinfónica de Londres, que acometieron la agradable labor de interpretar a Ravel y a Debussy, más un grande de la música brasileña, Heitor Villalobos, sobre el que la jefa de prensa del Festival, Teresa del Río, me había llamado la atención, indudablemente cargada de razón.
Los embajadores ingleses, atendidos con mimo por el director del Festival, se mostraron muy orgullosos a su británica manera de una de las formaciones sinfónicas más famosas del mundo. Y el público, que repetía en gran parte respecto a la noche anterior, aplaudió a lo grande. Al final, y como es tradición en las madrugadas de fiesta, nadie se animaba a abandonar el recinto y el ambigú presentaba ambiente de terraza de verano. Un panorama al que contribuía de manera notable el cóctel ofrecido por Cervezas Alhambra y que es habitual en esta casa, como lo son los que se van sucediendo a lo largo del Festival, patrocinados por otras entidades.
Anoche, para rematar un fin de semana de estreno auténticamente redondo, el homenaje a Mario Maya llevó hasta el Generalife el flamenco y el saborcito familiar de un público de nuevo multirracial que disfrutó de lo lindo. Pero ésa es una historia de la que hablaremos mañana. Esto marcha.