ENRIQUE ÁRBOL
Medio centenar de metros podía haber perfectamente entre las taquillas y el último de la fila. A las cuatro y veinte de la tarde las colas ya eran considerables, una hora después eran exasperantes. A pesar de los avisos y las llamadas desde el club y los medios de comunicación, la gran mayoría de aficionados acudió al campo sin entrada y otros tantos con la hora pegada al trasero, como antiguamente en los desangelados partidos de Tercera. "La gente sigue viniendo al fútbol como si estuviésemos esperándoles solamente a ellos y eso no puede ser. Nos falta cultura deportiva de grandes eventos en esta ciudad", decía un directivo. Y sí, creo que lleva razón. Para ir al fútbol hay que irse una hora y media antes, y si es posible con las entradas en la mano.
Los minutos previos al partido fueron muy especiales para todos. Por fin volvimos a percibir el olor al fútbol de siempre, al de abuelos y nietos, al de cerveza, café y copa… A esa cita semanal que transforma la ciudad y la tiñe de rojiblanco. Desde antes de las cinco de la tarde, los autobuses urbanos que pasan por Pintor Maldonado y alrededores (el 10 y el 4) llegaban repletos de aficionados en una imagen que recordaba al metro de Madrid cuando se detiene en la parada de Nuevos Ministerios. La empresa Rober debería plantearse reforzar las líneas porque se avecinan grandes tardes de gloria.
Los no convocados también curran, y mucho. José Alfonso Morcillo dirigió una sesión que bien podría pasar por un entrenamiento semanal, exigiendo el máximo a los seis descartados. Javi García, Coke, Seco, Plata, Joselu y Martín Ortega, como alumnos aplicados, se exprimían en cada carrera cuando todavía no había ni un alma en el estadio.
Colorido. A las cinco se abrieron las puertas. Una de las peñas se apresuró a preparar su chiringuito, compuesto de varias lonas decorativas con sus señas de identidad y todo cercado con una cinta rojiblanca de las que usa la policía para acordonar zonas siniestradas. La verdad es que el campo tiene buena pinta, cada vez mejor, con más vallas publicitarias y más colorido en la grada. Dicen que trece mil, yo no creo que tantos. Once mil, diría, aunque da igual porque el lleno es cuestión de tiempo.
"Ighalo es una escopetica de feria", decía un aficionado al final del partido, contestado por otro con un sugerente "es que es su primo el que ha venido, él se ha quedado en Italia". No sabemos si el nigeriano tiene un pariente que pase por ser su doble pero no parece el mismo que en Youtube, "donde no falla ni un gol", insistía el aficionado. Por ahora ha tenido seis ocasiones claras y ha metido una. "Los está guardando para cuando llegue los momentos importantes", les dije.
Técnico y presi. Abrazo entre Cuerva y Tomé en la zona mixta de Los Cármenes al final del partido. Fue un gesto sincero, espontáneo, natural. Sin envoltorios ni dobleces. Cuando Ignacio llamó a Miguel Ángel el pasado verano le prometió un proyecto humilde pero serio, con el objetivo de la permanencia en la categoría pero sin renunciar a nada. En aquel momento, sin saberlo, Cuerva fue como un rey mago para Tomé, al que le tocó la lotería "porque nunca he dirigido una plantilla como la del Granada" ha reconocido en varias ocasiones. Debe ser bonito entrenar ahora a este equipo y tener delante de sí esa gran oportunidad profesional. Hay muchos entrenadores que se pasan la vida esperándola y no llega.
Fue emocionante escuchar la ovación del público a los jugadores al final del partido. La comunión entre el campo y la grada se confirma y crece cada fin de semana, tanto que un grupo de aficionados obligó a los jugadores a salir del vestuario cuando ya estaban a punto de meterse en la ducha. Tariq, Mainz, Raúl, Felipe, Casares, Berrocal… volvieron al fondo de la Ronda Sur sin espinilleras ni botas, descalzos en algún caso, para corresponder tantas pruebas de cariño y escuchar el grito de guerra: "Este año nos vamos a salir", cantaba la hinchada.
Dulce atasco. Para entonces, la mayoría de seguidores ya encaraba el camino a casa, atascados casi todos en la maraña de obras que hay antes de alcanzar la autovía. Pero era un atasco dulce, sin crispación, era tiempo de tertulia y análisis, hora de recordar los muchos lances brillantes de una tarde para guardarla en la memoria. Una más.