ÓSCAR CANO
El pasado sábado trataba de expresar, en mi espacio semanal en este diario, lo innecesario e injusto que resulta opinar sin una profunda justificación, algo que sólo lo da el conocimiento exacto de aquellos acontecimientos que generan que las cosas sean de una forma u otra. Opinar nunca será inútil, las formas en las que se expresan dichas opiniones sí que pueden tener consecuencias infructuosas. Me quejaba de los debates estériles de aquellos personajes que buscan notoriedad a través de la grandeza histórica del Granada. Comprobé, nuevamente, lo mal que nos sienta a las personas que nos conecten con nuestra propia ignorancia.
Algunos se sintieron aludidos por malentender el mensaje o por no haberme explicado con la suficiente claridad. Otros, simplemente, se sintieron desnudos ante sus carencias. Perdonen los unos y los otros. Sólo trataba de manifestar lo incongruente de remar en contra de una riada que nos ha unido a todos en una dirección que llevábamos sin coger algunas décadas. Así que no parece excesivamente sensato maquinar sobre aspectos que son insignificantes pero que pueden llegar a dividir la atención de quienes escenifican sobre el césped la ilusión de toda una ciudad. Lamentaba que ahora que todo va sobre ruedas siga habiendo gente que desde el interés pretenda adquirir un protagonismo excesivo. Ahora que la conexión grada-equipo es rotunda, que la posibilidad de alcanzar el sueño es real, todo lo que no sea ir a favor de ese orden natural es restar posibilidades.
Sobre Maradona. Protestaba al ver como uno de los mejores jugadores de todos los tiempos diluía esa grandeza, obtenida a través de la demostración permanente de unos recursos excepcionales para jugar al fútbol, pretendiendo un protagonismo que pertenece solamente a los que patean la pelota. Comprendo que la culpa no la tiene él, sino quien le regaló un cargo para el que no está preparado y que es utilizado por el ´pelusa´ para publicitar su inmadurez y, de paso, dejar por los suelos a aquellos técnicos que para dejar de entrenar a alevines deben dedicarse en cuerpo y alma a descifrar las características de este juego y de aquellos que lo practican. Los que decidieron contratarle quisieron narcotizar a las masas poniendo ´un nombre´, algo muy de moda por cierto, y el ´efecto boomerang´ ya lo tienen encima.
El modelo imperialista de Florentino. Me oponía a que el fútbol se confundiera con el marketing, tal y como pretende Florentino en su afán por universalizar al Real Madrid. El fútbol sigue siendo un juego, mal que les pese a algunos. Prefiero sentirme ilusionado por lo que acontece en el césped y no por lo que ocurre en la tienda oficial del club. Siento no pertenecer al grupo de entusiastas hipnotizados a los que se les compra sus ideales a cambio de un puñado de atletas que expresan a las mil maravillas los antivalores en los que se sustenta el sistema consumista en el que vivimos hoy.
Si estar en absoluto desacuerdo con el ´ilusionista´ es irreverente, siento de veras semejante desvergüenza. Me decanto porque los futbolistas sean seres algo más normalitos, que se diferencien únicamente por lo que pronuncian en el campo de juego. Celebro que la parcela deportiva de los clubes la gestionen los que son fichados para ello. Que la confianza sea dejar trabajar.
Recuerden que Pellegrini públicamente optaba por mantener a Sneijder y Robben. El centrocampista para que la excelencia codiciada por el ´ser superior´ fuese más viable, y el extremo para que costara menos doblegar sistemas defensivos basados en la acumulación de jugadores en torno a su portería. Días más tarde, ambos tulipanes eran situados en el mercado de forma irreversible. La decisión del presidente blanco contradijo la apetencia del míster chileno por disfrutar de una plantilla más productiva según criterios deportivos y no comerciales.
A pesar de que Laporta utiliza los trofeos del equipo que gobierna, los designios deportivos los rigen aquellos que fueron contratados para tales competencias. Que los aspectos más relevantes del mundo empresarial puedan ser aplicables a la dinámica de un club de fútbol, no debe confundir a la gente que domingo a domingo se acerca a los estadios a encontrar parte de su felicidad en aquello que realizan con un balón ´veintipico´ futbolistas, y no a saber de los calzoncillos que utilizan esos mismos jugadores o el cochazo en el que viajan.
Alrededor del Granada CF. Respecto al club rojiblanco y a su entorno, me encantaría que continuasen gritando aquellos que han impedido que la entidad se vaya al traste, que cuando peor pintaban las cosas decidieron redoblar su esfuerzo desde el cariño a una institución que forma parte de sus vidas, tal y como formaron parte de la de sus antepasados. Que continúen levantando la voz los que mantuvieron su confianza en el cuerpo técnico y los jugadores cuando en las primeras jornadas titubeaban por razones de la lógica aclimatación. Hay algunos que ahora doran la píldora al entrenador castellanoleonés cuando hace unas semanas pedían micrófono en mano su destitución irrevocable por incapaz.
Que mantengan el clamor todos aquellos que domingo a domingo lo abandonan todo para asistir a su particular templo, olvidar todas las penitencias acumuladas durante la semana, para darle espacio al consuelo de ilusionarse con el nuevo proyecto. Que no enmudezcan jamás ese centenar aproximado de personas que, situados en el fondo contrario al marcador, nunca flaquea en su empeño por alentar a los suyos, por robustecer su confianza con independencia de cómo vayan las cosas. Son los encargados de recordarles muchas veces al resto, en los momentos menos dulces, que para reanimar voluntades es necesaria la acción. Que no se les seque la tinta a los profesionales de la información que andan tan optimistas por la evolución del equipo como el más granadinista de los mortales. Esos que no callen, que precisamente por ellos hoy podemos ir al estadio para ver al equipo de siempre.