A. FREGENAL
Están construyendo mi barrio. Los andamios son de madera y la mezcla la hacen a mano. Qué sensación tan extraña, mi barrio es un solar y diviso el estadio desde aquí. Está libre de edificaciones anexas y no tiene tribuna aún, ni tráfico en la puerta, ni gasolinera enfrente, sólo la plaza de toros algo más abajo. La gente que accede por goteo a Los Cármenes no lo sabe todavía, pero hoy van a disfrutar; me froto las manos y me acomodo en el fondo sur, frente a la cárcel.
El Granada recibe al Barça con sus mejores hombres. La temporada como novato en Primera está siendo muy tranquila, la plantilla es "justita", en palabras del míster Paco Brú. Entre los refuerzos que llegaron para acompañar al grupo que ascendió en abril, destaca el ex madridista Marín, extremo derecho casi decimonónico, y Alejandro que sustituye al capitán González para formar pareja defensiva con Millán. Ambos forman una línea defensiva recta, en cuanto a rigor y geometría. Por detrás de ellos Alberty, del que leí en alguna ocasión que nunca fue a Granada, aunque puedo asegurar que está ahí abajo, en la portería. Habla un gaditano raro, eso sí, con acento magiar. Sosa, Bonet y Sierra se reparten la zona ancha y Marín acompaña a César, Conde, Bachiller y Liz en el ataque.
El primer gol llega mientras algunos espectadores todavía buscan su asiento. No han transcurrido dos minutos y Bachiller inaugura el marcador, el de toda la vida, con un remate de cabeza a servicio de Marín. El partido es de pierna fuerte y sin concesiones. A los veinticinco minutos el medio centro Bonet avanza y ante la indecisión de los zagueros blaugranas se anima a chutar desde fuera del área y sorprende a todos con un disparo a media altura que se convierte en el segundo gol rojiblanco.
Junto a Bonet, Sierra navega sobre el pasto. Es incansable, pegajoso y rápido, capaz de cortar tanto las potentes internadas del extremo derecho Valle, como los afilados pases del cerebral Gracia. Magnífico también el canario Sosa en la tarea de dificultar el juego del barcelonista Bravo, extremo zurdo peligroso y duro, aunque también noble. Marrullero y sucio es Balmaña, protagonista de una alevosa entrada sobre Alberty, que cae al suelo. El público brama, Millán lo devora, Balmaña mengua. No hay vallas que nos separen de los protagonistas balompédicos y eso debe infundir un respeto laxante. Lo sorprendente es que el señor Tamariz no le enseña ninguna tarjeta, ni baraja de naipes, ni siquiera simula tocar un violín flotante mientras tararear un niano, niano. Discúlpenme. 2-0 y descanso.
Segunda parte. En la reanudación llega el gol bobo del encuentro. Minuto tres y Alejandro bota una falta, Miró sale, no alcanza la pelota y ésta se cuela mansa en la portería culé. No sé si Miró quedó eclipsado por el ´sol´, lo que está claro es que encajó un gol surrealista. A los trece minutos, el veteranísimo Marín, asistente en el uno a cero y autor de diecisiete valiosas dianas esta temporada, se interna en el área rompiendo con fuerza desde atrás y anota el cuarto tanto con un ángulo escaso.
La gente se pellizca, al menos los afortunados. Los demás se conforman con esta hora y media de tregua que les concede la necesidad. El incombustible Marín repite seis minutos después, en posible fuera de juego, tras un pase medido del valenciano Conde. El público, embriagado, pierde definitivamente la elegancia hacia los barcelonistas y profiere gritos de "¡A la cola, a la cola!" tan de moda actualmente en todas las oficinas del SAE. Acariciando el minuto 88, el extremo opuesto, Liz, cierra el ´set´ con un delicioso toque de zurda que entra en vaselina para terminar de lubricar el encogido honor del gigante azulgrana, que ha recibido una soberana paliza en una tarde de contrastes; también tras el partido.
La gente vuelve en tranvía a sus hogares con una alegría enorme aunque efímera por las penurias que soportan a diario. Son admirables. No debo volver a quejarme en el siglo XXI, soy un privilegiado, aún en 2ª B.