ENRIQUE ÁRBOL
El siete es un número mágico en muchas culturas. Como siete son los días de la semana, las notas musicales, los colores del arco iris, las maravillas del mundo, los enanitos de Blancanieves, las vidas del gato… Digamos que el siete mola por sí solo. Es un número con carácter, dos palos unidos y bien puestos que impresionan. Sí señor. Como los siete goles de ayer en la séptima jornada. Como el gran partido que hizo el siete, Javi Casares. Sea cuestión de magia o no, los aficionados necesitaban un partido así para terminar de convencerse de la magnitud del proyecto que tenemos todos entre manos. Palmas, emoción, goles…fue la primera tarde de gloria de la temporada.
Toma castaña. Vaya tela lo de Juanjo Enríquez, que dio un recital ofensivo en la rueda de prensa. Antes de nada, les cuento: Antonio Vicente, amigo personal y socio de Quique Pina que ahora trabaja para el Granada en tareas de marketing, fue el año pasado presidente del Águilas. La temporada fue difícil y, por lo visto, el Águilas quedó maltrecho económicamente y culpan a Vicente de la mayoría de los males y del agujero en las arcas. Que no le olvidan, vamos.
La historia es que siete goles deben poner mal cuerpo y más de uno con buena memoria y malas pulgas quiso pagar los platos rotos con Antonio Vicente, que debía haber abandonado el campo mucho ante para evitar enfrentamientos que alimentan la fama que tiene el fútbol de deporte maleducado hecho por maleducados. Espero que no vaya al Rubial, sería muy torpe por su parte.
El caso es que Juanjo Enríquez empezó la rueda de prensa diciendo que si el Granada no sube este año, desaparecerá el que viene por la panda de ‘saltabalates’ que lo dirigen. A Quique Pina le llamó Camarón de la Isla, que sólo le falta la guitarra, decía, y otras muchas lindezas más groseras que no pasan el filtro ético de esta columna.
Al salir de la sala de prensa se fue en busca de Antonio Vicente –que, repito, no sé qué diablos hacía allí– y lideró una cuadrilla de futbolistas y directivos enfurecidos y malhablados. A todo esto, Papá Pozzo, en su primera visita a Los Cármenes, estaba por allí junto a Gino y ambos se debieron llevar una imagen que ni en las peores historias de la mafia siciliana. Si además llegan a ver una derrota, no vuelven. De vergüenza, vaya.
Idilio Granada-Granada. Es curiosa la historia de Granada. Me refiero al futbolista. Un día, un entrenador de un equipo asturiano donde jugaba empezó a llamarle Granada para diferenciarle de otro Jonathan que tenía como compañero. Resulta que Jonathan Martín era tan poco andaluz como el otro pero había estado viviendo en Armilla durante cinco años por razones profesionales de su padre. Y con Granada se quedó para siempre, con ese mote tan bonito como extraño, tanto que constantemente le han preguntado por su etimología y él la ha explicado con cariño y paciencia.
Quince años después de la lúcida idea de aquel entrenador, Granada ha vuelto a la ciudad que originó su apodo. Tras un inicio de Liga condicionado por una lesión, ayer por fin hizo un gran partido y se metió al público en el bolsillo. Tras atender a todos los micrófonos inalámbricos, fue el último en perderse por el túnel que conduce a los vestuarios. Pero el público le esperó, aguardó las entrevistas y le dedicó una estremecedora ovación que suena a romance serio.
El ‘Jordan’ de Los Cármenes. Me fijé en un chico que teníamos delante de la cabina de transmisión de la radio. Se pasó los últimos veinte minutos tratando de iniciar la ola mejicana, que no prosperó más allá de veinte o treinta metros. Pero él no se desesperaba y ganaba colaboradores a medida que cayeron el sexto y el séptimo. Con la camiseta de la selección española puesta del revés sobre su torso, se hizo notar y se ganó la simpatía del público, como lo hace el popular ‘Jordan’ en el Palacio de Deportes.
Termino esto que llamamos ‘contracrónica’ a la vez que Jiménez y Pellegrini se saludan en la zona de banquillos del Pizjuán. Suena el himno del Arrebato cantado por decenas de miles de sevillistas entregados a su equipo como si les fuera la vida en cada verso. El vello de punta, de verdad, es increíble escuchar tan bonita melodía a una sola voz, es algo que sólo puede provocar el fútbol. Es emoción. Ojalá podamos vivir algo parecido en Los Cármenes dentro de no mucho tiempo. En el camino estamos.