VÍCTOR A. GÓMEZ
Es un trabajo difícil de evaluar el de Emilio R. Barrachina. Está demasiado condicionado por un factor externo, la muerte de su propio protagonista, el grandísimo, gigante Enrique Morente. Su fallecimiento lo trastocó todo, incluido el planteamiento inicial: lo que, en principio, iba a ser una pieza sobre las obsesiones picassianas del cantaor granadino y con paradas en la relación entre el malagueño y su barbero, Eugenio Arias, el autor de Omega lo ha terminado devorando en su mayor parte –se iba a titular Morente. El barbero de Picasso; ahora responde al escueto Morente–.
De otro lado, la muerte del músico añade un peso y un poso extras a algunas de las imágenes del largometraje, quilates que quizás no serían tales si don Enrique siguiera entre nosotros, dándonos lecciones de discípulo. Son unas consideraciones fundamentales a la hora de hablar sobre esta película, más documento que documental, más legado que filme.
Al referirnos el otro día a La noche que no acaba, el documental sobre Ava Gardner firmado por Isaki Lacuesta, hablábamos de un ejercicio de creación, perspicaz y ensayístico, de elaboración a partir del estudio humano y mítico de un tótem como aquella actriz.
Morente es diametralmente opuesto: su valor no reside en la reflexión, en el trabajo de interpretación de un material; aquí no hay más ambición que la de captar instantes y momentos, sobre todo a lo largo de los números musicales, que componen casi el 90 por ciento del metraje –de ahí que Barrachina considere su cinta «una película musical»–.
Ahí mismo reside lo mejor de esta obra: el cantaor te pone los pelos como escarpias en muchas de las actuaciones grabadas, las que han quedado, trágicamente, como las últimas de su carrera.
Otro punto más a favor del realizador: atrapa instantes pequeños, informales pero reveladores –don Enrique, obsesivo sonidólogo, y Estrella, descubriendo las sonoridades de un vetusto aljibe; don Enrique, plusmarquista del quejío, concentradísimo ante el espejo momentos previos a una actuación–, mucho más que la promocionada escena del cante ante el Guernica.
Pero hay un debe en Morente. Los componentes picassianos del relato quedan desdibujados, hay una sensación de viaje sin rumbo, un querer atrapar demasiado: no es un retrato del artista, tampoco es sólo un recuento del proceso de grabación de su próximo álbum, ni una semblanza de la impresionante dinastía jonda fundada por el cantaor, ni un paseo por la Granada en que creció, ni un homenaje a Picasso… Pero quiere ser todo eso, y a la vez. Esperemos que algún día un realizador osado como lo fue el propio Morente en lo suyo, se decida a pintarle para el cine; entonces tendrá que llamar a Barrachina para pedirle mucho del metraje que supo conseguir.