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HEMEROTECA » |
JOSÉ VICENTE PASCUAL La mujer de la fotografía se llamaba Florence Owen Thompson. Falleció en 1983. La imagen fue tomada por Dorothea Lange en 1936, cuando Florence contaba los 32 años de su edad. Muy mal llevados, desde luego, pero en aquellos tiempos, considerando las circunstancias y modo de vida que la obligaron a convertirse en inmigrante dentro de su propio país –los Estados Unidos de América–, no parecía probable que presentase mejor aspecto y más lucido color de cara.
Dorothea Lange (1895-1965), realizó una serie de fotografías como parte de su trabajo en California durante la Gran Depresión. En esa
época, muchos campesinos pobres huían de la ´Dust Bowl´, en busca de trabajo y una vida mejor, fugitivos del nefasto ´Erial Polvoriento´ de las grandes llanuras. Los retratos de Lange documentan las extremas condiciones que estos trashumantes –popularmente conocidos como ´okis´, por su mayoritaria procedencia de Oklahoma–, encontraron al llegar a California. El trabajo de Lange fue encargado por el gobierno de Washington, en concreto la Administración de Reubicación, y se fundamentó en investigaciones previas sobre la vida de los campesinos y granjeros de Nipomo y el Valle de Imperial. Estas imágenes ayudaron a sensibilizar a la opinión pública norteamericana sobre las penurias que los emigrados soportaban, y ayudaron a ganar apoyo para los programas gubernamentales de ayuda. Lange publicó esta fotografía con el título ´Recolectores de guisantes indigentes en California. Madre de siete hijos´.
Nueve años de sequía y la terrible aridez de una tierra surcada durante muchas generaciones por arados baratos, de baja aleación y escasa capacidad para profundizar en el suelo, convirtieron inmensas extensiones, desde el Golfo de México hasta Canadá, en desolados campos de ceniza donde vientos y huracanes levantaban una polvareda persistente, tan densa que ocultaba la luz del sol. Este fenómeno, la catástrofe ambiental más grave del siglo XX, empobreció de tal manera a los agricultores que, en poco tiempo, se produjo el masivo fenómeno migratorio. Viajaban de la oscuridad y la miseria a la dorada California, donde a la inmensa mayoría les esperaba la explotación salvaje, la implacable carestía y una existencia errabunda bajo la atenta sospecha de las autoridades y el rechazo de la población. Cientos de miles acabaron allí sus días; a unos se los llevó la enfermedad, a otros la locura, la prisión y la violencia que campa a sus anchas en el sórdido hacinamiento de las masas empobrecidas.
Jhon Steinbeck escribió y publicó en 1939 su celebérrima novela ´Las uvas de la ira´ con objeto de narrar aquel drama de sus compatriotas. La novela fue llevada al cine en 1940 por Jhon Ford, de quien se dice que "no tuvo estómago" para adaptar fielmente el sobrecogedor final de la narración, cambiándolo por otro más llevadero a la ya de por sí conmovida conciencia del espectador. Son ambas obras, película y novela, descripción muy dura de una realidad inmisericorde, un largo viaje hacia el vacío y la muerte durante el cual nada ni nadie se apiadaron de los campesinos despojados y expulsados de sus tierras. Sin embargo, hay en el título de la obra un amago o concesión al "tremendismo", por otra parte absolutamente innecesario si nos atenemos al motivo de la misma. Me refiero a la ira. No hay ira en los campesinos pobres, los desarraigados ´okis´ que trabajaban los campos de California por veinte centavos de dólar al día. Hay fatal ignorancia, inevitable brutalidad, resignación ante el adverso destino, sumisión... Hay una trágica determinación de sobrevivir que convierte a los protagonistas del relato en inermes héroes de una causa perdida. En algunos momentos de la narración aflora la rebeldía, cierto. Pero se trata de una respuesta ante la adversidad tan inocente, tan predestinada a lo inocuo, que desde su nacimiento despierta nuestra compasión.
El rostro de Florence Owen Thompson no es el rostro de la ira. La extraordinaria fotografía de Dorothea Lange nos muestra una mujer vencida que intenta mantenerse digna en la calamidad de la derrota, como tantas iguales a ella: las que hubo, hay y habrá. Sobre qué estaría pensando en ese momento, conjeturó el escritor Raúl Guerra Garrido: "Cuando Dios está de joder, todos los santos ayudan". Ella no desmintió pensamientos parecidos hasta el lecho de muerte. No seré yo quien lo haga ahora.
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