JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
Declaraba José Ángel Valente que no creía en generaciones ni en grupos poéticos, que tales artificios didácticos son sólo el refugio de los mediocres. José Manuel Caballero Bonald sí cree en grupos poéticos y por eso quiso que las jornadas inaugurales de la Fundación Caballero Bonald se dedicaran no al estudio de su obra, sino a la del grupo en el que gusta insertarse, el de los años cincuenta. Y no lo hizo para que el valor de otros apuntalara el suyo propio, sino porque sabe bien que todo hombre es hijo de su tiempo y que es en el juego de simpatías y diferencias con sus contemporáneos como mejor se define un escritor.
En Caballero Bonald se da la paradoja de una obra, a la vez, muy comprometida y muy experimental; muy ligada a las peripecias colectivas de un tiempo sombrío y firmemente asentada en el territorio del mito.
Caballero Bonald, en los años duros del franquismo eterno, hizo causa común con Ángel González, con Carlos Barral, con Jaime Gil de Biedma, pero a la vez se distanciaba de ellos con una escritura barroca en la que los légamos de la memoria se iban depositando con un temblor y una ambigüedad que nada tenían que ver con las simplificaciones didácticas en aras de la eficacia política.
Nada más ajeno al simplismo de una fórmula que la obra literaria de Caballero Bonald, nada más ajeno al esquematismo que su propia personalidad. Andaluz, y muy andaluz, del Jerez señorito y clasista, tan amado y odiado, hay en su ascendencia sangre cubana y francesa; se inicia a la vida literaria en uno de los grupos más característicos de la poesía andaluza de los años cincuenta, Platero, de Cádiz, con Fernando Quiñones, Pilar Paz Pasamar, José Luis Tejada, pero muy pronto, tras ser nombrado secretario de la revista Papeles de Son Armadans, se pasa con armas y bagajes al grupo catalán y se convierte en uno de los más activos defensores del realismo crítico. Cuando tras el homenaje a Antonio Machado el año 1959 aparece la antología ´Veinte años de poesía español´, de José María Castellet, Caballero Bonald es el único poeta andaluz de la nueva generación incluido en ella. Por entonces, la poesía andaluza, muy injustamente tenida por evasiva y preciosista, era casi unánimemente denostada por quienes habían decidido nombrarse a sí mismos como la vanguardia de la historia literaria. Gabriel Celaya, el santón de los poetas sociales, llegó a denostar la poesía andaluza en uno de los poemas más injustos que se hayan escrito nunca.
Caballero Bonald, desde sus inicios, era, sin embargo, un continuador de una de las tradiciones de la poesía andaluza: la de Herrera y Góngora, la de Cernuda y Aleixandre. Pero no se limitaba a eso. Dos años cruciales, del sesenta al sesenta y dos, vividos en Colombia, le permitieron abrirse a la polifónica riqueza de la lengua española, que no se limitaba al acartonamiento periodístico o casticista al que querían reducirla algunos.
En Colombia, Caballero Bonald se convirtió en narrador. Evocó el Jérez de su adolescencia, su señoritismo desdeñoso, su belleza y su injusticia en ´Dos días de septiembre´, una de las grandes novelas del compromiso social. Por las mismas fechas, el poeta solipsista y salmódico hace repaso de su biografía en un tono más cordial: el resultado es el libro Pliegos de cordel, con vocación populista manifestada ya desde el mismo título.
Siguen luego años de silencio poético y narrativo. La siguiente novela, ´Agata ojo de gato´, es de 1974; el siguiente libro de poemas, ´Descrédito del héroe´, de 1977. ¿Qué ha hecho Caballero Bonald en todos esos años? Vivir, conspirar, descreer cada vez más de las prisas en literatura (lo que se escribe deprisa con la misma prisa se lo lleva la carcoma) y poner en cuestión el carácter instrumental del arte.
Ciudadano. El creador, en tanto que ciudadano, tiene las mismas obligaciones que cualquier otro ciudadano, y Caballero Bonald supo hacer frente gallardamente a esas obligaciones con su secuela de multa y cárcel; pero en tanto que creador sólo tiene obligaciones consigo mismo, con los abismos que lleva dentro, con las turbiedades de su memoria, con las exigencias de una tradición milenaria.
La memoria, que está en la base de todo lo que Caballero Bonald ha escrito, finalmente decide dejar de lado los velos de la ficción con ´Tiempo de guerras perdidas´, exacta recreación de las primeras décadas de una vida que es a la vez muy singular y muy representativa de una generación que perdió una guerra, aunque sus progenitores la hubieran ganado.
"Su poesía, con la edad haciéndose / más hermosa, más seca", dijo Gil de Biedma de Cernuda; son palabras que podrían perfectamente aplicarse a Caballero Bonald: también su poesía se ha ido haciendo más hermosa y más seca con los años, más contundente, sin perder nada de su capacidad de sugerencia, de su riqueza verbal, y ahí está Diario de Argónida (con ese topónimo acostumbra a referirse Caballero Bonald al Coto de Doñana, mágico y mítico escenario de sus fabulaciones) para demostrarlo.
"El poeta nace cuando el grupo fenece", declaró un José Ángel Valente que jugaba, desdeñoso y soberbio, a ser el Luis Cernuda de la generación del 50. Los poetas jóvenes se agrupan para entrar en fuego, en una bien conocida estrategia literaria, y ese grupo utilitario es el que se desvanece pronto, pero hay otros grupos, creados por
voluntad y por destino, que ni la muerte rompe del todo.
Academia. Caballero Bonald, cuando la Academia quiso cerrar solemnemente dándole un resonante portazo en las narices, publicó dos recopilaciones, ´Copias del natural´ (Alfaguara) y ´Poesía amatoria´ (Renacimiento). La primera, una miscelánea de prosas escritas a lo largo de medio siglo, lo acredita como un lector ejemplar y un excepcional testigo de su tiempo; la segunda nos permite redescubrir unos poemas de oscura claridad, de larga resonancia en la memoria.
Ni Carlos Barral ni Ángel Crespo ni José Agustín Goytisolo ni Gil de Biedma entraron en la Academia; allí estuvo Ángel González, pero seguro que, como en los años heroicos de las tertulias semiclandestinas del Café Pelayo, prefería encontrarse con Caballero Bonald y sus amigos poetas en cualquier otra parte, donde, frente a unas copas, hablaban de todo lo humano y lo divino, se dejaban influir unos por otros y por el mundo en torno, sin miedo a que su personalidad se difuminara.
Caballero Bonald, poeta del cincuenta, amigo de sus amigos, uno de los escritores, en prosa y verso, más personales que ha dado nunca la literatura española, no necesita –como otros– renegar de su generación ni de su trayectoria. Ni necesita tampoco ningún reconocimiento académico (algunos académicos sí que necesitarían leerlo para aprender a escribir).