Historia

Washington Irving: un yanqui en la corte del rey Chico

Cumplió su mayor sueño al llegar a Granada. Sus ´Cuentos de la Alhambra´ marcan un antes y un después en la percepción mundial que se tiene de esta ciudad.

 11:24  

FEDERICO VILLALOBOS Hace ciento cincuenta años, la muerte de Washington Irving paralizó la ciudad de Nueva York. Los comercios cerraron, las banderas ondearon a media asta y los ciudadanos colgaron crespones negros de sus balcones. Miles de neoyorquinos se agolparon en las calles para presenciar el paso del cortejo fúnebre, integrado por más de un centenar de carrozas. Irving, fallecido a los 76 años, era el escritor norteamericano más popular entre sus compatriotas y el primero que había logrado repercusión en Europa.

Es posible que el próximo mes a la mayoría de los neoyorquinos la conmemoración les pase desapercibida. El favor del público y de la crítica no es invariable, y hoy en su patria a Irving se le tiende a considerar como un autor menor. No ocurre lo mismo en Granada, y no podría ser de otro modo. Si Granada es "la ciudad de la Alhambra", también es la ciudad de Washington Irving. Pues la forma en que granadinos y foráneos contemplamos la fortaleza-palacio nazarí está inevitablemente condicionada por la forma en que el escritor yanqui la soñó.

Según confiesa el propio Irving en sus cuentos, Granada y la Alhambra fueron desde su infancia el escenario de sus ensoñaciones. Sentado a orillas del Hudson, leía la crónica de las guerras de Granada de Ginés Pérez de Hita, con sus caballerescos combates entre cristianos, zegríes y abencerrajes, y se imaginaba pisando los "románticos" salones de la Alhambra. Convertido ya en un escritor de cierto renombre, ocioso, cuarentón y soltero impenitente, le fue concedida una gracia que pocos alcanzan, ver su sueño hecho realidad.

Cuando Irving llegó a España, en febrero de 1826, llevaba ya once años en un largo viaje de placer por Europa. Había publicado sus primeros libros con éxito, y la alta sociedad europea le había abierto sus puertas. En un salón parisino coincidió con el embajador estadounidense en España, que le ofreció un cómodo puesto en la embajada con el cometido de traducir al inglés una obra sobre Cristóbal Colón. Irving aceptó sin pensárselo apenas. Ya en Madrid, el trabajo sobre Colón le llevó a interesarse por la conquista de Granada por los Reyes Católicos. El sueño granadino se reavivó. Por fin, en marzo de 1828 emprendió viaje a Andalucía en compañía de unos amigos de la legación rusa.

El sueño hecho realidad. Tras una estancia de tres días en Córdoba, Irving llegó a Granada el 9 de marzo, a la caída de la tarde. "Dimos la vuelta a un árido promontorio de las montañas de Elvira y Granada, con sus torres, su Alhambra y sus montañas nevadas resplandeció a nuestra derecha", escribiría en una carta. "El sol del atardecer brillaba gloriosamente sobre sus torres rojas conforme nos acercábamos, dando un suave tono al rico escenario de la Vega. Era como el mágico resplandor que la poesía y la novela han derramado sobre este lugar encantador". El sueño se hacía realidad. Y llegó a su total cumplimiento al día siguiente, cuando sus pies pisaron las losas de los patios de la Alhambra.

Irving permaneció diez días en la ciudad, alojado, según su propio testimonio, en "una de las posadas más miserables de Granada". Precursor de los turistas actuales, visitó, además de la Alhambra y el Generalife, la catedral y la Capilla Real, Santo Domingo, la Cartuja, el Sacromonte... Buscando la puerta por la que, según la leyenda, Boabdil había abandonado la Alhambra, conoció a Mateo Jiménez, que más tarde se convertiría en su ´sanchopancesco´ asistente y cicerone y en una fuente inagotable de leyendas sobre el palacio-fortaleza.

El 20 de marzo Irving dejó Granada para dirigirse a Sevilla. Y aquí, una vez cumplido su sueño, hubiera terminado su relación con la ciudad y con la Alhambra si el escritor no se hubiera encontrado en Sevilla con su amigo el pintor David Wilkie y conocido a la escritora Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), marquesa de Arco Hermoso.

Wilkie, como declara el propio Irving en la dedicatoria de los Cuentos, le sugirió a su amigo que escribiera algo acerca de la herencia árabe en España, y que lo hiciera a la manera de un pintor, describiendo las escenas como cuadros llenos de colorido. Böhl de Faber, por su parte, le relató durante una velada algunas leyendas andaluzas, de manera tan sugestiva que el escritor se sintió inclinado a emularla. A Irving ya poco o nada le quedaba por hacer en España, pero después de escribir el primero de los cuentos decidió regresar a Granada en busca de material adicional. El sueño aún no había terminado.

El 5 de mayo de 1829 Washington Irving llegó a Granada para una segunda estancia que se prolongaría cuatro meses. Y si su alojamiento anterior había sido uno de los más miserables de la ciudad, esta vez tendría el mejor que Granada podía ofrecerle.

Después de visitar de nuevo la Alhambra, Irving acudió a la residencia del gobernador de la ciudad, el comandante Francisco de la Serna, para entregarle unas cartas de presentación. Era una formalidad recomendable en una época en la que no estaba del todo bien visto que los extranjeros se movieran libremente por España. Visto el entusiasmo que el escritor manifestaba por el palacio, el gobernador puso sus propios aposentos en la Alhambra a su disposición. Irving agradeció lo que tomó por una mera muestra de cortesía. Pero el ofrecimiento era genuino, y de ese modo, el norteamericano se convirtió en huésped de la Alhambra.

Irving se instaló inicialmente en unas habitaciones que daban al patio de los Aljibes, y luego se trasladó a las construidas en su día para Carlos V. En una carta a un amigo, confiesa que las condiciones de su estancia en la Alhambra le parecen un sueño, como si estuviese embrujado en un palacio de hadas. El escritor se ve como "monarca de un reino ilusorio", y se pregunta si alguno de los potentados musulmanes o cristianos que le precedieron disfrutó alguna vez de un dominio tan pacífico como el suyo. Podía comer donde más le apeteciera, en el Salón de Embajadores o bajo los arcos del Patio de los Leones, rodeado de flores y fuentes. Deambulaba a sus anchas por los palacios nazaríes escuchando el murmullo del agua y aspirando el perfume de las rosas. Y sobre todo, se dejaba llevar por su fantasía en un lugar tan apropiado para estimularla. Mientras desayuna en el Patio de los Leones, conjura la imagen de Boabdil "atravesando estas salas con su pompa real; la de su bella reina; las de los abencerrajes, gomeres y otros caballeros moros que en un tiempo ocuparon este patio provistos de sus relucientes armas".

El cuento ´La torre de las Infantas´ es otra buena muestra de las ensoñaciones que la Alhambra propiciaba en el escritor norteamericano. Un día, mientras paseaba, Irving vio asomarse a una joven a la ventana de una torre. La muchacha llevaba la cabeza adornada con flores, y en su porte había algo que indicaba que no pertenecía a la misma clase que las gentes humildes que vivían en la Alhambra. La joven se retiró de la ventana, y el escritor se acordó de las bellas princesas cautivas que pueblan los cuentos de hadas. La asociación de ideas se convirtió en ensoñación cuando Mateo Jiménez, su cicerone, le contó que aquella torre había sido la morada de las hijas de los reyes moros. ¿Era posible –pensó Irving– que haya contemplado el fantasma de una de aquellas princesas moras? La fantasía se desvaneció cuando le informaron de que aquella joven era la esposa recién casada de uno de los oficiales de la guarnición de la Alhambra.

"Partiré de la Alhambra dentro de pocos días y he de hacerlo con gran pesar. Nunca en mi vida he pasado días semejantes ni espero volver a pasarlos", escribió tras recibir su nombramiento como secretario de la embajada americana en Londres. Abandonó Granada el 28 de julio de 1829. Regresaría a España trece años después como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el Gobierno español, pero ya no volvería a Granada. Sin embargo, es difícil no sentir que de algún modo sigue aquí, que algo suyo permanece en el recinto de los reyes nazaríes. Basta con dejarse llevar, como el propio Washington Irving, por las ensoñaciones que la Alhambra propicia.

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