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Pura sangre

En ´Sangre fresca´ el bien y el mal no lo polarizan vivos y no muertos sino que es parte de todos, es el vampiro del siglo XXI que al mismo tiempo sigue afirmando "no queremos pruebas ni le pedimos a nadie que nos crea"

 
Pura sangre
Pura sangre 

MIGUEL A. MARTÍNEZ-CABEZA El gusanillo de la lectura le picó a mi hija Julia hace años con Harry Potter y sus efectos le habían durado hasta el comienzo de la adolescencia pero se le empezaron a pasar con ´Crepúsculo´, cuya tercera entrega ni siquiera terminó. Sin embargo las peripecias de Sookie Stackhouse y la troupe de vampiros de Louisiana –que comenzaron años antes que el romance de Bella y Edward– le han devuelto el interés por la palabra impresa de tal forma que me ha intrigado saber los ingredientes que Charlaine Harris ha añadido al género que arrasa entre los adolescentes y que le faltan a Stephenie Meyer. Hay uno que salta a la vista: sexo. Como padre responsable, aparqué a los filólogos archimboldianos que me ayudan a dormir cada noche y me dispuse a leer toda la colección de los ´Misterios de los vampiros sureños´, más conocida como ´Sangre fresca´, y a ver la serie televisiva. Aquí está el resultado de mis averiguaciones.

La literatura de género –y el terror es uno de los géneros mejor definidos– siempre ha sido una apuesta segura para autores y editoriales puesto que cuenta con un público estable; al mismo tiempo el mantener las fórmulas hace que el lector no suela ver sus expectativas frustradas. ¿Quién no compra o regala libros alguna vez con este criterio? Sin embargo los géneros evolucionan y una vez alcanzada una edad de oro donde se perfecciona el estilo y se somete a variaciones, sólo sería posible el declive y como alternativas la parodia o la ironía. Si el esplendor vampírico lo señala la versión gótica de ´Drácula´ de Bram Stoker, el ocaso del género podría ser ´Buffy cazavampiros´. Sin embargo las narrativas populares tienen una relación mucho más compleja con la sociedad de la surgen y la cultura que encarnan. Aquí el mito del vampiro transciende el género de terror aunque ´Drácula´ sigue siendo un buen punto de partida porque el vampirismo aparece como una enfermedad de transmisión dental pero con un inequívoco componente sexual que no pasaría desapercibido a la sociedad victoriana. Además del miedo inmediato que la Inglaterra victoriana pudiera tener a la sífilis o la tuberculosis, ´Drácula´ articula valores respecto a la sexualidad, la muerte, la soledad o el deseo de significación universal. Pero Stoker además le dio a la historia un punto de vista, el de Van Helsing, y una polarización clara entre el bien y el mal.

Un siglo largo después y en el apogeo de la cultura audiovisual y la sociedad de consumo, las representaciones posteriores del mito no se suceden sino que coexisten y así los textos clásicos están disponibles junto a la última relectura, lo que da lugar a un público tan sofisticado como consciente de las fórmulas narrativas. Una opción entonces es aceptar el cliché y rehacerlo conscientemente, como cuando los protagonistas de ´Scream´ discuten sobre lo que siempre pasa en las películas de terror. Pero también es posible recuperar el mito de manera sincera formulándolo según la cultura, y ahí están ´Crepúsculo´ y ´Sangre fresca´. Mi hija lo tiene claro, Bella no tiene comparación con Sookie, es demasiado "tonta", además ´Crepúsculo´ es poco más que un ´High School Musical´ vampírico.
En ´Sangre fresca´ el bien y el mal no lo polarizan vivos y no muertos sino que es parte de todos, es el vampiro del siglo XXI que al mismo tiempo sigue afirmando con ´Van Helsing´ "no queremos pruebas ni le pedimos a nadie que nos crea". Tiene esa mezcla de géneros que tan posmoderna nos resulta a todos y que algunos llaman pomposamente "hibridación", entre terror y misterio detectivesco pero al mismo tiempo lo reescribe transplantando ´Drácula´ a Louisiana. La historia se aclimata perfectamente a la cultura sureña de los Estados Unidos, conservadora, caballerosa, hospitalaria y con ese exotismo que dan todos los nombres franceses de ciudades y apellidos. Ahí empiezan los problemas porque los vampiros del siglo XXI se pueden mantener con sangre sintética comercializada bajo la inconfundible etiqueta ´True Blood´ pero los no muertos también reclaman sus derechos civiles. No falta la historia de amor pero se consideran otras posibles medias naranjas. Ni tampoco está ausente el grupo ultraconservador que procura el descanso de las almas atormentadas previa combustión por efecto de los rayos solares. Eso sí, ya lo del ajo y los crucifijos no funciona.
Todos estos elementos de las novelas de Chalaine Harris están desarrollados en la estupenda serie televisiva de Alan Ball para HBO, tan desarrollados que el primer libro dio para los doce episodios de la primera temporada. Canal+ anuncia ya la segunda temporada para otoño con Anna Paquin, la niña de ´El piano´ convertida en la atractiva y telepática Sookie. Camarera de un bar de Bon Temps, un pueblecito imaginario de Louisiana donde no había ni vampiros, ha dejado de tener citas para no leer las mentes calenturientas de sus acompañantes. Pero cuando aparece el guapo Bill Compton, Sookie encuentra irresistible su silencio mental, el inconveniente es que se trata de un vampiro. Precisamente los poderes de Sookie la hacen fascinante y valiosa para los no muertos en las distintas pesquisas que constituyen la trama básica, con algunos momentos de distensión protagonizados por Jason Stackhouse, hermano de Sookie e ingenuo ligón oficial del pueblo.
Esta es una historia del siglo XXI en la que la minoría de los vampiros se sitúa justo al borde de los límites legales pero más allá de los morales. La estética de la serie de Alan Ball impacta desde los títulos de crédito y mientras suena el tema country de Jace Everett ´Quiero hacer cosas malas contigo´ se suceden las imágenes fragmentadas de la América sureña: pantanos con cocodrilos, carreteras, mansiones y casuchas, acciones policiales, niños vestidos con capirote blanco, ritos baptistas, un cuerpo desnudo de mujer, la noche, baile en un bar, un zorro descomponiéndose, una crisálida abriéndose, el humo de un cigarrillo que vuelve a entrar en unos sensuales labios rojos y finalmente una bolsa de sangre fresca que se termina de llenar. La representación sexual de los vampiros que hacen Harris-Ball con sus mascotas humanas, su ambigüedad, los colmilleros adictos al sexo con vampiros y el comercio ilegal de zumo-V –de efectos muy superiores a la viagra– puede verse como una reacción frente al puritanismo equivalente a la centenaria sublimación del deseo del ´Drácula´ clásico. Y a pesar de haberlo leído hace años en Bram Stoker, me sigue encantando cuando el vampiro se queda a la puerta esperando tímidamente porque no puede entrar sin ser invitado. Esta es la versión norteamericana para jóvenes pero quien quiera leer la sueca para adultos que busque ´Déjame entrar´, de John Ajvide Lindqvist; de miedo.

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