JUAN PINILLA
Incluso vimos rayar el alba. Porque dicen que raya el alba tras una noche de arte y al amanecer los flamencos entran en el trance del sueño que les provoca tanto cúmulo de sensaciones. Y así nos dormimos nosotros en el regazo de Minerva, diosa mitológica de estos menesteres, y es que cuanto escribamos sonará a mitología, a poesía, o a un intento poético de recrear todo lo que Liñán fue capaz de conmovernos.
Si el taranto nos pareció la pieza más redonda de la noche, a pesar de que nos rendimos a la evidencia de su magisterio por soleá, el tanguillo del ecuador de su intervención fue un zarpazo brutal contra nuestras sensibilidades. Y es que Manuel Liñán ha escrito un lenguaje propio cargado de metáfora, de ritmo, de suavidad, de contundencia, de silencios que nos miran, de sensualidad, de verdad, sobre todo eso, de verdad.
“Di tu palabra y rómpete”, dijo Nietszche en alguna ocasión, y Liñán dice su palabra y se rompe en mil pedazos de aires de tarantos precedidos por malagueñas, rematados por la taranta de la Gabriela, insinuados por tangos de Triana, por tangos de Graná en donde le sale el duende que habita en las paredes de su sangre, el del Camino del Monte que de niño lo forjara a base de largas noches en las cuevas.
Liñán utiliza caderas, hombros, brazos ágiles como cien águilas apresuradas que imponen su criterio, patrimonios antes femeninos que en él cobran una renovada virilidad. Manuel Liñán es la virtud de la estética. Los tanguillos son un regalo para los sentidos que nos traen ineludiblemente a la memoria las figuras de Antonio, Gades, Mario Maya …
Hermoso recuerdo que adereza con un sinfín de trabajados movimientos, juegos de escena que parten desde la colocación de los músicos (cante y guitarra) de pie, hasta las figuras que dibujó en el escenario con la silla, un ente que cobró personalidad propia en una dialéctica mortal y marrón sobre la que el bailaor voló literalmente en las tablas, con gracia, con garbo, abrazando ahora a Carlos Cano con las habaneras de Cádiz que reinventa en sus pies concisos, musicales, plenos de falsetas y melodías.
La soleá, que contiene fragmentos del baile que le costara dos premios nacionales, es ya una joya de la historia del flamenco. Espera el cante y lo mece entre sus brazos, entre sus giros precisos, para engrosarlo con escobillas llenas de recursos. Hasta dos letras baila antes de entrar en las bulerías que acaban por rendirnos y le valen la ovación más grande que el público (entregado de principio a fin) protagoniza en este recinto en mucho tiempo. Por suerte, yo también estuve allí.