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HEMEROTECA » |
ANABEL R. DELGADO El bailaor interpreta a un personaje víctima de la sociedad y que ha perdido cosas muy importantes en su vida. Este enigmático individuo se sumerge en la noche y en lo que ella conlleva (alcohol y drogas), aunque no bebe ni consume sustancias, se camufla en el dolor y angustia que siente la gente de su alrededor.
–Usted se calzó sus primeros zapatos de baile a los seis años, ¿qué le impulsó a estudiar tan joven: la vocación o la familia?
–A los seis y casi a los cuatro. A este respecto hay una disputa con mi madre sobre la edad a la que empecé. A mis tres hermanas mayores les gusta mucho el baile y recuerdo que ellas, un poco a escondidas, me llevaban a las clases de sevillanas. Por otro lado, mi padre era muy aficionado al cante, le gustaba Fosforito, Antonio Mairena y siempre le he escuchado cantar fandango, bulería... Nos cantaba nanas por la noche.
–En sus comienzos, dos profesores son los que le guían por el mundo del flamenco: Farruco y Carmen Montiel. ¿Quién ha calado más en su vida?
–Los dos son muy diferentes. De Farruco recuerdo muchas anécdotas y comentarios. Verle a él, su manera de comportarse después de tantos años, esos recuerdos los traduzco a sentimientos, a lo que veía en él y lo que él me transmitía. Carmen Montiel fue con la que empecé a estudiar ballet clásico y danza española. Fue donde comenzó mi carrera como bailarín, donde se me abrió el campo.
–Durante una época combinó el estudio con el Ballet de Danza Ciudad de Sevilla. ¿Qué tuvo que sacrificar para llegar donde está hoy en día?
–En ese entonces no era muy buen estudiante, lo que quería era bailar todo el día. En el conservatorio tuve la oportunidad de conocer un abanico de estilos. Fui compaginándolo con el instituto, sacrificando horas de sueño, y al salir estaba desde las tres de la tarde hasta las once de la noche bailando, así durante los dos años más duros en el instituto. Llegó un momento en el que pensé "hasta aquí hemos llegado". Me fui a casa y dije: "Mamá, no voy a ir más al instituto, yo quiero bailar". Mi madre se quedó callada. Quien calla otorga, así que aquí estamos.
–La calificación que obtuvo en el Conservatorio de Danza de Sevilla fue de sobresaliente. ¿Le pondría la misma nota a su carrera como artista?
–Soy bastante exigente conmigo, más de la cuenta. Me considero muy afortunado porque siempre han confiado más en mí que yo mismo, y me han dado oportunidades que creía que me quedaban grandes. Creo que he respondido muy bien a ese apoyo que me han dado profesores, directores y coreógrafos. Aunque hay veces que no sé cómo, te ves en un ´embolao´ de repente, en una coreografía en la que te preguntas: "Dios mío, ¿qué estoy haciendo, si hace dos días estaba en mi pueblo dando clases de sevillanas y ahora me veo en el Ballet Nacional estrenando en el Real de Madrid una coreografía como primer bailarín con orquesta y puesta en escena? Creo que alguien se ha equivocado conmigo".
–No es la primera vez que representa 'Grito', ¿por qué coreografía se decanta más; la de Antonio Canales o la de Cristina Hoyos?
–´Grito´ de Canales no tiene nada que ver con el de Cristina hoyos. No tiene ningún tipo de interpretación ni hilo conductor, es bailar, baile flamenco. Es una coreografía y puesta en escena muy bonita y con mucha fuerza. Este ´Grito´ ha sido completamente diferente, un reto alucinante que me propusieron Cristina y José Carlos. Representar ´Silencio´ y ´Grito´ ha sido una de las experiencias con las que día a día estoy descubriendo aspectos que no había conocido antes sobre un escenario. Cristina me ha ayudado mucho con el papel y los comentarios y pensamientos de José Carlos son como si salieran del propio Lorca.
–¿Cuál es el grado de dificultad del traslado de un poema de Lorca al baile: es difícil o se asemeja a cualquier otra coreografía?
–Lorca es flamenco, Lorca escribía y sentía flamenco, eso facilita las cosas, sólo te tienes que poner en su situación lo que él vivió y lo que pudo sentir. Hay que investigar mucho, buscar las vueltas a las metáforas que Lorca utiliza. Asimismo, cuento con la suerte de trabajar con José Carlos y Cristina Hoyos, que han obtenido una historia a partir de un poema, con unos sentimientos y una coreografía que es un lujazo. Ellos me han dado las pautas para una coreografía mágica con sustancia.
–¿Qué papel representa en la obra?, ¿tiene algo en común con el personaje lorquiano?
–Es un visitante más del café, un personaje un poco ambiguo que nadie conoce. Nadie sabe qué hace ahí. Es un personaje que ha sido víctima de la sociedad y ha perdido cosas importantes en la vida, como la familia y el empleo, pero es un intelectual que de repente se ve sumergido en la noche. Pero él está al margen de todo ello, no bebe, no consume drogas ni se mezcla con la gente, pero está ahí, se camufla en el dolor que se crea y la angustia que tienen quienes le rodean. Todo el mundo se encuentra perdido en un momento de la vida. Todos sentimos la soledad, el sufrimiento y las pérdidas.
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