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HEMEROTECA » |
NATALIA VAQUERO Charlar con Manolo Blahnik es recibir una lección magistral de un genio. Durante la conversación se refiere con total naturalidad a algunos de sus célebres amigos ya fallecidos, como Jacqueline Kennedy o Yves Saint Laurent.
Irónico y audaz, en un español con un fuerte acento británico, fruto de su larga residencia en Londres, el creador de los zapatos más admirados del mundo ha querido comentar en exclusiva su infancia en la isla canaria de La Palma y hablar con pasión de su familia y del extraño mundo de la moda que le toca vivir. "Mis padres se dieron cuenta de que yo era un poco raro", explica, "y asumieron que no iba a servir para recoger plátanos", continúa el creador de los manolos durante una animada conversación telefónica.
–Señor Blahnik, le noto un poco alterado.
–¡Qué va! Estoy encantado de haberme cogido unos días libres para visitar a unos amigos en el sur de Italia. La verdad es que estoy harto de oír hablar de crisis. Lo que hay que hacer es trabajar y crear empleo, en vez de estar con esta estúpida paranoia. Me siento un poco furioso porque estoy convencido de que la vida no es sólo dinero.
–Eso lo puede decir usted, que es capaz de vender un par de zapatos por 3.000 euros. Convénzame de que unos stilettos valen ese dinero.
–No podría. Aún no he logrado explicarme cómo se pueden cotizar tan alto unos zapatos. Me lo pregunto cada día.
–¿Quiere decir que sus zapatos no tienen nada de particular?
–Cada día trabajo con más fuerza en mis creaciones y cada día soy más autocrítico. La gente no es tonta y cuando ve un par de mis zapatos se da cuenta de que están hechos con amor.
–Será entonces que lo que cotiza tan alto es su amor.
–Yo siempre trato de comunicar respeto a las personas que compran mis zapatos y cuido hasta el más mínimo detalle. Los chinos hacen cosas simpatiquísimas por un euro, pero yo sigo manteniendo la fábrica en Milán, donde se mima desde el bordado, hasta las perlas o los materiales que se utilizan. Podría trasladar la fábrica a China y abaratar el producto, pero no lo hago.
–¿Le han ofrecido mano de obra más barata?
–Cientos de veces y desde hace años. Le puedo asegurar que los zapatos salen a la venta sólo cuando yo doy el visto bueno. Superviso cualquier detalle una y otra vez.
–Con razón le han tachado en múltiples ocasiones de obsesivo.
–Obsesivo y neurótico.
–¿Sabía usted que los psiquiatras creen que el trastorno neuróticoobsesivo tiene su origen en la infancia por una confrontación entre el deseo y la defensa?
–Podría ser. La verdad es que me importa muy poco lo que dicen los psiquiatras, psicoanalistas o psicólogos. Todas esas sesiones a las que la gente se está enganchando me parecen horrendas. Las detesto. Mi problema debe de estar en mi ofuscación por encontrar la perfección.
–¿No le ha aplacado la edad ese empeño por buscar lo perfecto?
–Al revés. Lo que me han dado los años es reconocer que la perfección es imposible. Nunca conseguiré ese deseo y a lo mejor está ahí mi parte neurótica.
–Pues usted es para muchas personas un dios de la imaginación.
–Me parece muy presuntuoso. No me gusta leer lo que la gente dice de mí y odio a los aduladores. Trabajo porque me encanta.
–¿Podría alguien hacer una falsificación de sus zapatos?
–Las hacen constantemente. El otro día estaba en China y tuve la mala suerte de ver a una mujer con una falsificación. He de reconocer que no estaban nada mal copiados. No me gustó nada y suelo decir siempre lo que pienso, pero preferí no ser maleducado y me callé. Ya no me importa que me copien.
–¿Sigue pensando que la moda ha llegado a la vulgaridad total?
–Al ridículo total. Hoy en día se quiere llamar la atención a cualquier precio.
–Pero también ha dicho que lo vulgar puede tener gracia.
–Sin duda. La vulgaridad es un elemento fantástico que debe existir. El mal gusto puede también ser fantástico. Lo malo es el ridículo, la elección de objetos horrendos y su exhibición.
–¿Se puede ser bello a través de la inteligencia?
–Eso es lo más importante. En Moscú tropecé hace poco con uno de los hombres más elegantes que he visto. Era un monje ortodoxo, un hombre mayor, con unas alpargatas de caucho y una saya marrón de una tela tosca. Me encantan los vestidos de monje.
–Podría proponer al monje participar en algún desfile de moda.
–No me gustan las pasarelas, las encuentro demodé y repetitivas. Siempre he preferido enseñar mis colecciones en mi casa. Yves Saint Laurent me dijo antes de morir que estaba satisfecho de haberse retirado a tiempo porque los desfiles cada vez eran más tediosos. Una pasarela de moda es como una boda, un teatro de rock horroroso. Ni ves nada, ni te enteras de nada. No emociona. Es demodé.
–¿Qué es lo último que le ha emocionado?
–Ver a Paris Jackson llorar en el funeral de su padre, Michael. Esa niña es el futuro. ¡Qué criatura más bonita y elegante! Es el paroxismo del mestizaje.
–¿Sabe que al igual que los ´manolos´, en España ha surgido el término ´letizios´ para referirse a los zapatos que usa la Princesa Letizia?
–No lo sabía. He coincidido con la Princesa Letizia en una ocasión. Me pareció encantadora y natural, pero creo que ha cambiado y ha perdido esa espontaneidad. ¿Qué tipo de zapatos se pone?
–Muy altos.
–¡Qué maravilla! Ella puede subirse a unos altísimos stilettos aprovechando además la altura de su marido. Lo que no me gustan son las plataformas, me parecen una ordinariez.
–Tampoco le gusta el zapato plano.
–En mis colecciones siempre hay bailarinas y zapatos planos. Lo que no me gustan son las deportivas. Carla Bruni está fantástica con unas bailarinas, pero para que luzca un zapato sin tacón...
–¿De dónde le viene a usted la manía de hacer zapatos?
–No lo sé. Mi mamá era muy guapa y elegante. En La Palma no había nada que hacer y yo esperaba como agua de mayo la llegada de los barcos que llegaban con revistas de Argentina. Veía el ´Vogue´ o ´Times´ y ahí se fraguó mi interés por la moda y, sobre todo, por los pies. Miraba las esculturas grecolatinas y les cortaba los pies.
–¡Qué pensarían en una isla como La Palma y hace más de 60 años!
–No lo sé porque mis padres siempre me apoyaron. Mi papá era checo y siempre recibí una educación muy diferente a la del resto de los niños. Yo era el único que tenía árbol de Navidad y Belén. Mi papá era un bicho raro
porque era el único extranjero de la isla. Era un personaje propio de una novela de Corín Tellado. Yo me crié escuchando a las muchachas sus conversaciones sobre estas novelas. Mi papá hizo un crucero con su familia en 1929 y llegó a La Palma. Vio a mi mamá en la ventana y se enamoró. Ni hablaron, ni se tocaron, ni nada de nada. Al año siguiente regresó y se conocieron con 18 años. Luego se casaron y nacimos mi hermana y yo. Yo soy el mayor, y ella, Evangelina, es la que se ocupa de todo.
–¿Cómo aprendió el oficio?
–Nunca lo he aprendido. Mis padres veían que yo era un niño raro que no iba a servir para recoger plátanos. Me mandaron a Ginebra con mi tío y pensé en estudiar Derecho Internacional o Literatura. Me di cuenta de que no me
veía como bibliotecario o profesor y se me ocurrió irme a París y después a Londres. Supe que quería transmitir cosas a través del trabajo de mis manos y aquí me tienes.
–Debe de ser un hombre feliz: hace siempre lo que quiere.
–El privilegio de mi vida es que hago lo que me apetece. Papá me dijo antes de morir que estaba muy orgulloso de mí porque había hecho lo que había deseado desde pequeño.
–¿Y su madre qué le dice?
–Mi madre no me lo ha dicho. Vive en La Palma con tres enfermeras cubanas que se pasan el día cantando. Es muy divertido.
–¿Le gustaría pasar más tiempo en La Palma?
–Por supuesto. Estoy muy orgulloso de ser español y cada vez siento más mi origen canario. Antes me gustaba más lo anglosajón, el Norte, pero cada día tiro más para el Sur. El Norte ha perdido el exotismo que me producía.
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