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HEMEROTECA » |
ÁNGELES CÁCERES Cáustico sin llegar al cinismo, tierno sin rozar la blandura, dueño de una mirada implacable con filo de escalpelo o de diamante, empedernido fumador de puros, inteligente hasta las trancas. Y por encima de todo, libre. Es Chicho Ibáñez Serrador, genio y figura.
–Con su trayectoria de actor, guionista, director, escritor y mil campos más en los que ha sido número uno, ¿qué siente cuando la gente lo identifica por el ‘Un, dos, tres’?
–Lo encuentro lógico. Tristemente lógico.
–Buena carga de profundidad.
–No importa, la mayoría de la gente prefiere quedarse en la superficie. En todo caso, yo estoy contento del ‘Un, dos, tres’: sirvió para entretener a una España muy aburrida, a mí me dio para vivir, y me lo pasé muy bien.
–Nadie ha sabido pulsar las teclas del terror como usted. ¿Cómo lo consiguió?
–Pues tal vez analizando lo que a mí me hubiera dado miedo, y pasándolo a vídeo o cine.
–Eso también suena profundo.
–Es la forma casi terapéutica de sacar a la luz esos terrores ocultos que todas las personas arrastramos. Y depende de la edad en que a mí me daban miedo unas cosas u otras.
–¿Sabe que sus ‘Historias para no dormir’ siguen quitando el sueño treinta años después de verlas?
–De eso se trata: si tú vehiculizas el miedo en una fantasía, lo desplazas de la realidad y vives más libremente.
–Ser hijo de Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador es un buen equipaje. ¿Qué ha supuesto en su carrera contar con un fuera de serie como su padre?
–Lo era. Era un fuera de serie: totalmente. Y ha supuesto mucho, muchísimo. Entre otras cosas, yo he heredado de ellos la afición, no voy a decir el gusto porque no es el caso, por el suspense y el terror. Sobre todo lo he heredado de mi padre.
–Su obra ‘Aprobado en inocencia’ con Pepita Serrador se estrenó fuera, luego aquí e incluso se volvió a poner en cartel muchos años después. ¿Qué significó trabajar con su madre?
–Pues aquella obra supuso ante todo el que mi madre se convenciese de que su hijo podía escribir, porque hasta entonces no lo creyó. Lo reconoció en las palabras que dijo cuando la obra se estrenó en Mar del Plata hace cinco o seis siglos. Y luego, a partir de ahí, me tuvo… no quiero utilizar la palabra respeto, pero sí que por lo menos me escuchaba.
–Le tenía en cuenta, vamos. ¿Y su padre?
–Él estaba mucho más convencido que mi madre. Desde el principio. Me consultaba muchas cosas.
–Los padres acostumbran a creer que saben de todo más que los hijos.
–Y por eso se equivocan tanto. Es muy bonito: es el mayor premio que yo he recibido, porque ha sido algo fundamental para sentirme seguro de lo que estaba haciendo. La confianza de mi padre en mí me dio mucha seguridad.
–Es usted el paradigma del triunfador polifacético, ¿cómo se las ha arreglado para hacer tantas cosas distintas al mismo tiempo, y todas bien?
–Todas bien, no.
–Muchas.
–Algunas.
–¿De cuáles está más orgulloso?
–Pues de aquéllas que hayan llegado con más precisión al público. Porque todo lo que yo he hecho, todo lo que yo he escrito, era para el público.
–En ‘Historias de la frivolidad’, Irene Gutiérrez Caba enlutada y ensombrerada se cachondeaba de la censura con Franco vivito y coleando. Era poner una pica en Flandes.
–Pero yo creo que es lo que había que hacer en aquel momento. Para empezar a abrir aunque fuera una rajita, una hendidura, en la coraza de aquella insoportable censura.
–En aquella España opresiva, casi sólo los ‘cómicos’ (que diría Fernando Fernán Gómez) se atrevían a abrir esas rendijas. ¿Usted se carcajeaba para sí mismo cuando soltaba lo que quería soltar?
–¡Sí, por supuesto!
–¿Y eso le trajo algún problema, o los censores eran tan tontos que no se enteraban?
–Eran tan tontos.
–¿Y cómo ve a esta España de ahora?
–Pues yo la veo democrática, la veo totalmente abierta y la veo completamente difícil al mismo tiempo. Ya que antes, cuando había conciencia de que existía la censura, existían unas barreras, unas cortinas, unos telones o como tú quieras llamarle, y el público buscaba. Entonces tú les ponías unas gotitas de cosa inteligente, cáustica, para que las encontrase. Hoy en día no vale la pena hacer esa pirueta.
–¿Cómo se vive sin miedo?
–Respirando una gran libertad. Haciendo lo que a uno le guste de verdad hacer. ¿A usted le gustaría viajar? Pues viaje. ¿Cómo? Cogiendo un avión, o haciendo autostop, o trabajando en un barco. No es preciso ser rico, uno puede hacer lo que quiera si tiene claro lo que quiere; hasta tener una relación amorosa con la libertad, lo cual es fundamental.
–Usted que ha hecho tanta televisión, ¿cómo ve la de ahora?
–¡Aburridísima!
–A lo mejor deberían darle a usted y alguno más aquellas pastillicas rejuvenecedoras de la doctora Asland, a ver si animaban un poco el cotarro.
–Estoy totalmente de acuerdo.
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