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HEMEROTECA » |
EDUARDO TÉBAR
Recorre las calles de Granada con una sonrisa radiante. Un gesto afable que no desaparece de su rostro. En la jovialidad que desprende Gioconda Belli (Managua, 1948) parece filtrarse la esperanza de todo un pueblo. Para la poeta nicaragüense, una de las más populares de su país, el compromiso social camina de la mano del vital. Aferrada a causa sandinista, la autora de ´La mujer habitada´ clausuró ayer el Festival Internacional de Poesía leyendo sus versos en la Huerta de San Vicente.
-El flamante premio Lorca, Tomás Segovia, defiende la puerta que abre el exilio a un nuevo horizonte. ¿Cómo lo ve usted desde la otra orilla?
-Entiendo lo que dice. En una situación sin remedio, tienes que ver las cosas de la mejor forma. De nada sirve pasar la vida lamentándose. En este mundo tan global, la tendencia es convertirnos en ciudadanos del mundo e incorporar en nuestras vidas diferentes culturas. Eso amplía la perspectiva personal. Pero uno paga un costo muy alto por el exilio. Tengo un poema que se llama ´Migraciones´. En él cuento que estos fenómenos "nos van dejando como personas a medias". Hay una parte nuestra que nunca acaba de estar en el lugar al que hemos ido exiliados. Ya sea por razones políticas, por obligación o porque nos hayamos autoexiliado.
-Las vicisitudes políticas han marcado su obra. ¿Cree en una poesía combativa?
-La poesía debe corresponderse con la vida. Si uno se implica en una actividad política, es lógico que esa actividad se refleje en la poesía. Se trata de una pasión por una causa. Un deseo que te impulsa a llevar un tipo de vida particular. Creo en el poder de la palabra, que tiene una capacidad convocante y de tocar fibras a la que no llega el discurso político. Me refiero a la lírica, a la capacidad de abordar al ser humano desde su propia humanidad. Lo que me ha llevado a participar en la política no es un carrera o el afán de poder, sino el deseo de ver un cambio importante en mi país para mejorar la situación de la mayoría de las personas.
-Ahora milita en el Movimiento Renovador Sandinista. ¿Qué le atrae de esta corriente?
-He participado más en unos momentos que en otros, pero nunca se ha producido un hiato demasiado largo en mi actividad política. Realmente, es una parte mía. Se ha convertido en una imponencia de vida. A veces lo hago de manera organizada, metida en un movimiento. Otras, de forma independiente. Tengo un espacio en ´El Nuevo Diario´ de Nicaragua, donde mantengo conversaciones políticas con una enorme cantidad de gente que participa en el blog. Ya casi somos una verdadera comunidad cibernética.
-Entonces, ¿la cultura es un elemento útil para la lucha?
-La cultura es un instrumento para mantener la humanidad. Y se está perdiendo. Se está materializando y monetizando. Por eso, esta crisis que atravesamos tiene un impacto tan grande. Nos está obligando a pensar hacia dónde vamos.
-¿Son los versos una buena receta ante la crisis?
-Lo que nos hace distintos es precisamente el deseo de belleza. Esa vocación por volver al paraíso, como digo en la novela ´El infinito en la palma de la mano´. Tenemos esa memoria: el paraíso dentro de nosotros. Resulta misteriosa tal inspiración, siempre presente. Creemos que podemos llegar ahí. Aunque la crisis nos hace pensar que nos dirigimos hacia una distopía, yo creo que hay que recuperar el camino de la utopía. El arte siempre ha contribuido en cierta manera. Ayuda a revelarle al ser humano sus propios sueños y a tocarle el corazón.
-¿Qué opina de la situación actual en Nicaragua?
-Lo que ha sucedido en Nicaragua es que volvió Daniel Ortega al poder. El sandinismo que el representa en este momento ya no es el mismo que triunfó en el 79. Él lo monopolizó y está ejerciendo un gobierno personalista, caudillista y autoritario. Eso ha llevado a que el país se contraiga, en el sentido de que le gente ha empezado a desarrollar miedos a la autoridad. Se ha fomentado la división entre los partidarios y los ´otros´. Cada uno le da un tratamiento diferente. Se está queriendo reactivar el antagonismo del pasado. En cambio, se han olvidado los cambios económicos.
-Y cuando contempla fenómenos como el fraude en las últimas elecciones municipales, ¿qué piensa?
-Hemos perdido la cooperación internacional por ese fraude el pasado mes de noviembre. Nicaragua vive una situación lamentable. Es un país lleno de desvaríos. Se parece a Sísifo, que sube la roca y vuelve a caer. Pero también hay mucho movimiento en la sociedad civil. Existe resistencia. La gente se manifiesta y denuncia. Vivimos tiempos convulsos, aunque no hemos llegado a la violencia. Se está restringiendo la libertad. Daniel Ortega no tiene una visión clara de lo que quiere, aparte de perpetuarse en el poder. Eso perjudica al país.
-Sin embargo, muchas voces aclaman el reverdecimiento de la izquierda en Latinoamérica.
-Está siendo muy importante. Es producto del neoliberalismo que hundió a la Latinoamérica en una situación mucho más difícil. Veremos qué pasa. Estos procesos tienden a reproducir el esquema autoritario en nombre de un socialismo que nunca llega. Así ocurre en Nicaragua. Al final, lo que se da es un ejercicio del poder con la libertad muy restringida para la población. Yo te represento, pero hago lo que quiero y el pueblo tiene que obedecer. No se puede hacer justicia social sin libertad. Aunque nos quieren vender justo lo contrario.
-Su madre participó en la fundación del Teatro Experimental de Managua. ¿El ambiente familiar determinó su rumbo literario?
-Mi rumbo literario lo determinó mi abuelo materno. Era un autodidacta extraordinario. Me llevaba libros a la playa todos los veranos. Incluso me presentó a Julio Verne. Aquello me empujo a leer. Además, en mi casa había muchos libros de teatro. Leí desde muy temprano a Lope, a García Lorca, a Shakespeare... Con trece y catorce años me empachaba de teatro. En el ambiente doméstico había mucho amor a la estética artística.
-Mira hacia atrás y ¿qué ve?
-A veces, puede parecer que uno ha vivido doscientos años. He acumulado muchas cosas, pero eso me alegra. Me siento muy privilegiada. Estudié dos años de secundaria en Madrid y recuerdo ver una película que me sugestionó. Trataba sobre una joven que, a punto de morir, decía que se iba con las manos vacías. Me obsesionó la idea de no tener las manos vacías. Como cuento en mis memorias, el hecho de haber nacido donde nací, en ese periodo histórico, ha motivado mucho mis decisiones en la vida.
-¿Qué es lo más bonito que le ha dado la poesía?
-Sentirla. Cuando acabo un poema siento una enorme satisfacción. Es una alegría similar a la que se produce cuando tienes un hijo. Me entran ganas de enseñarle el poema a la gente. Ganas de compartirlo. En cierto modo, uno se maravilla de uno mismo. Parece que se escribió el poema a través de mí.
-¿Y lo peor?
-Renuncié al Frente Sandinista con un poema desgarrador. Me dolió mucho. Lo escribí llorando. En principio, iba a ser una carta, pero acabó convertida en una poesía. Resultó una de las cosas que más me ha costado hacer en mi vida. El sandinismo era mi familia, mi identidad. Por eso dolió.
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