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ANDRÉS MONTES El historiador Bernard Vincent (París, 1941) lo acercaron a España los exiliados de la Guerra Civil y los autores románticos franceses, los mismos que acuñaron la imagen de majas y toreros. Su trayectoria profesional lo ha llevado a pulverizar esos tópicos con un profunda vocación de hispanista y con un conocimiento exhaustivo de un período de la historia como el final de la Reconquista o procesos de alto interés como la persecución y expulsión de los moriscos. Director de estudios de l´École des Hautes Études en Sciences Sociales de París,Vincent preside hoy una mesa dentro del congreso internacional de Granada, dentro de la sección ´El Mediterráneo y los moriscos: morada y frontera´.
-La toma de Granada, la culminación de la Reconquista, se nos presentó siempre como uno de los grandes momentos de la historia de España. ¿Comparte usted esa idea?
-Es más que eso, es un gran momento de la historia universal. El año 1492 significa el fin de la existencia de un Estado musulmán en Europa occidental, lo que no es poca cosa. Eso, unido a los otros grandes acontecimientos de ese año, como el Descubrimiento de América, que tiene una conexión estrecha con la toma de Granada; porque no olvidemos que Colón estuvo allí para conseguir el apoyo de los reyes a su empresa. Y eso sin olvidar la expulsión de los judíos. Es una fecha en la que el protagonismo de España resulta importante en la historia del mundo.
-El proceso que sigue a esa culminación de la Reconquista, como la persecución y expulsión de los moriscos, ¿es el reverso de tanta grandeza universal?
-La expulsión de los moriscos es una tragedia, pero hay que entender lo que está pasando. Hay que enmarcar en un mismo proceso la expulsión de los judíos de 1492, la de los musulmanes de la corona de Castilla de 1502, la de los moriscos de la corona de Aragón de 1525 y, posteriormente, en 1609, la expulsión de los moriscos, los descendientes de los musulmanes conversos. Ese proceso es lo que los historiadores llamamos confesionalización, que no es un hecho peculiar de España sino de toda Europa. En aquellos tiempos resultaba impensable un territorio cuyos sujetos pudieran tener una fe distinta de la del príncipe. En España este proceso se lleva a cabo a lo largo del siglo XVI, con la peculiaridad de que afecta a muchas personas, dada la importancia de las comunidades judías y, sobre todo, de la musulmana y la morisca. Se expulsa a casi 300.000 personas en el período que va de 1609 y 1614, un hecho muy llamativo por su dimensión.
-Eso hoy sería visto casi como un limpieza étnica.
-No hay que caer en el anacronismo. No podemos juzgar los hechos del XV o del XVI con los ojos de ciudadanos del siglo XXI y tenemos que limitarnos a explicar lo que ocurre. Ese proceso es una tragedia para quienes lo sufrieron, pero buena parte de la sociedad de la época lo considera justo, como figura en numerosos documentos, y a nosotros nos toca desentrañar las razones de esa consideración.Y además, en aquel momento hay conciencia ya de las consecuencias negativas de este proceso para las economías de Aragón o de Valencia. La decisión drástica de Felipe III en 1609 de expulsar a los moriscos se puede comparar con otra posterior, pero de la misma índole, cuando el rey de Francia Luis XIV expulsa a los protestantes: son menos que los moriscos, pero se llega a los 100.000 expulsados en 1685.
-¿Qué perdimos con la expulsión de los moriscos?
-Muchas cosas. Lo primero, una mano de obra cualificada en muchas ramas de la economía. Eran expertos en técnicas agrícolas, en sistemas de regadío, muy eficaces en la elaboración de la seda, excelentes albañiles y carpinteros... Una parte de los saberes de los moriscos se transmitió a otras esferas de la sociedad española de la época. También se perdieron aspectos culturales como la música; y si hubieran seguido aquí, habrían tenido una impronta cultural mucho mayor.
-En estos tiempos en que reviven las guerras de religión, ¿qué enseñanza de aquel momento histórico podemos trasladar a la época actual?
-La lección principal es que en ningún momento tenemos garantizada la armonía religiosa. Se enfatiza mucho sobre la convivencia de las religiones en la Edad Media y olvidamos que hubo sus más y sus menos. Hay que estar prevenido porque los gérmenes del racismo estallan en cualquier momento. Ésa es la gran lección y es una prevención que debe tener cualquier sociedad.
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