DOMINIQUE BERTHOLET
Se acabó lo bueno. Parasoles de colores, flotadores, colchones y piscinas hinchables, hamacas, tumbonas, mesas plegables, neveras portátiles, el cubo, la pala, el rastrillo y demás artículos de uso playero acudieron ayer en bandada para despedirse hasta el próximo verano del rebalaje.
Eran las doce de la mañana y en la playa de Salobreña ya no cabía ni un alfiler. Familias enteras: la abuela, el abuelo, los hijos, los nietos y, en algunos casos, perros siempre fieles a sus amos, quienes se atrevían a desafiar la nueva normativa que prohíbe tenerlos en la arena. Todos, sin excepción, hacían lo imposible por conseguir un pequeño hueco donde plantar su chambao. Una media de cinco filas horizontales de sombrillas estampadas atravesaba el litoral de punta a punta.
Los chiringuitos, como era de esperar, estaban abarrotados de gente que, a voces, pedían cerveza fría y el tradicional plato de paella de los domingos. ¿Quién dijo crisis? Hacerse con una mesa donde poder degustar un menú tan veraniego como un espeto de sardinas con ensalada mixta y todo regado con un buen tinto de verano fresquito se convirtió en una verdadera odisea. Había listas de espera de más de una hora.
Otros, los más previsores, optaron por construir sus propios chiringuitos. Un par de sombrillas, o tres, unidas entre sí por varias sábanas adornadas con motivos florales, mesas plegables, neveras llenas de hielo, gazpacho, refrescos y un sinfín de ´tupperwares´ es todo lo que una auténtica familia de domingueros necesita para pasar un día de playa a todo confort.
Era el caso de Antonio, un joven de Granada, asegura que la tortilla de patatas de su madre es "la mejor del mundo"; sus primos y hermanos, seis en total, le dan la razón. Carmen, la autora de la delicia, comenta: "Llevo despierta desde las nueve de la mañana cocinando, he hecho un gazpacho, dos tortillas de patatas, cada una de seis huevos, un poco de ensaladilla rusa y, de postre, hemos traído melón". Juan, su marido, se ha encargado de comprar las bebidas, "seis litros de cerveza, unos diez refrescos para los niños, cuatro botellas de agua y dos bolsas de hielo que, cada vez que se derriten, me toca ir a un quiosco por más porque si no se calienta todo".
Hoy dejarán atrás las aventuras playeras para regresar "muy a mi pesar", asegura Juan, a "las interminables" jornadas laborales. "Muchos dirán que somos catetos", dice la madre de la familia, pero "¿y lo a gusto que estamos aquí todos juntos y ahorrándonos los dinerales que cobran en los chiringuitos?".
El mar, además, jugaba a favor de los bañistas, ya que el agua estaba serena y caliente y una alegre bandera verde ondeaba a los cuatro vientos en la playa de Salobreña durante todo el día para disfrute de los turistas.
El paseo marítimo, sin embargo, estaba absolutamente colapsado de coches. Muchos de los usuarios se vieron obligados a aparcar sus vehículos a una distancia considerablemente lejana al rebalaje y, tras cargar con todos los bártulos necesarios para una placentera jornada estival, caminar bajo el fulminante sol hasta llegar a la arena.
Vuelta. A las ocho de la tarde los parasoles de colores comenzaron a esfumarse de forma gradual, quedando la playa cada vez más desierta. Los contenedores parecían pequeños junto a las incontables bolsas de basura que los rodeaban.
A las nueve de la noche la multitud, que durante el día llenaba la playa, se encontraba en la carretera, esta vez sin necesidad de perder los nervios –bendita autopista– y soñando que el tiempo pase rápido para poder volver a convertirse en auténticos domingueros que disfrutan como nadie de sus jornadas playeras.