DOMINIQUE BERTHOLET
Si Buda hubiera conocido El Carrizal, sin duda habría encontrado allí el nirvana. Muchos de los rincones más bellos permanecen aún ocultos. Es el caso de esta pequeña playa ubicada en el termino municipal de Salobreña, en la zona de El Caletón y muy próxima a las jaulas de la piscifactoría.
Con sólo treinta metros de longitud y diez de anchura, la arena de El Carrizal es de origen volcánico. Los fondos rocosos y el agua cristalina hacen de este enclave un lugar perfecto para la práctica del buceo.
Quienes exploran con frecuencia los fondos marinos de este minúsculo y emblemático paraíso costero, afirman que, en ocasiones, se han podido encontrar pulpos, caracolas, pequeños cangrejos, doradas, besugos y algún ejemplar solitario de pez luna mola mola, erizos y estrellas rojas ocultas bajo la vegetación submarina.
El difícil acceso a pie, pues en coche es imposible llegar, a través de un irregular y complejo sendero incrustado entre las rocas, y su enigmática localización son los culpables de que la popularidad de esta playa sea escasa y, por tanto, su grado de ocupación suela ser muy bajo en cualquier época del año.
En la cima de la montaña que la protege alguien construyó hace más de tres décadas un peculiar cortijo que, desde entonces y hasta ahora, funciona en forma de comuna. Cinco adultos y alrededor de una quincena de niños conviven, ajenos a la sociedad, bajo el lema ´hippie´ de paz y amor. Ellos trabajan sus tierras y cultivan las frutas, verduras y hortalizas que más tarde consumirán. Se oponen a un sistema, aunque no luchan en su contra, sino que, por el contrario, han decidido crear el suyo propio y en él viven a su manera.
Una de las formas de encontrar la cortijada es a través de la playa de El Caletón. La montaña que la respalda está coronada por el hogar más cercano a la cala de El Carrizal, un pequeño fragmento de mar virgen.