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Un mar de playas

Entre el Peñón y La Guardia

 13:04  
La playa del Peñón-La Guardia, solitaria al atardecer.
La playa del Peñón-La Guardia, solitaria al atardecer. C.B.

La inauguración de la Fábrica de Azúcar atrajo hasta la playa las primeras casas de aperos junto al mar donde vivirían los trabajadores de la factoría, precedente de las primeras residencias turísticas

DOMINIQUE BERTHOLET En los años veinte sólo los ricos iban a la playa. La Guardia era el único acceso al litoral salobreñero, pues junto al mar había arena y, a continuación, cañaverales que ocupaban todo lo que hoy son urbanizaciones y negocios turísticos.

La playa de La Guardia tiene una longitud de 1.100 metros que se extienden desde el Peñón de Salobreña hasta la pedanía de La Caleta. La arena, muy gruesa a los pies de la Peña Grande (como se conocía al peñón en 1792 cuando era habitado por pescadores tal y como demuestra el Catastro de la Ensenada), se hace más fina a medida que se acerca a la zona oeste.

La inauguración de la Fábrica de Azúcar fue el primer paso hacia el turismo en la villa, ya que a partir de su apertura comenzaron a construirse una serie de casas de aperos a pie de playa donde vivirían los trabajadores de dicha factoría. Con el paso de los años las pequeñas edificaciones pasaron a ser segundas viviendas de la gente adinerada que empezaba a apreciar el placer de la cercanía al mar. Dos tabernas y algún comercio eran los únicos servicios que la playa de La Guardia ofrecía a sus bañistas en el primer tercio del siglo XX.

Fue a finales de los cincuenta cuando se abre el primer chiringuito, entonces llamados chambaos, justo enfrente del peñón. Una década y media más tarde nace en Salobreña un gran foco de atracción turística: el camping, que permaneció en funcionamiento hasta octubre de 1999. Veraneantes procedentes, en su mayoría, de Francia y Canadá introducen en la villa una serie de costumbres bañistas más renovadas que las autóctonas, que solían bañarse con ropa debido al pudor y la represión de la época.

Desarrollo. Llegó el descubrimiento del bikini y con él la evolución del turismo hasta convertirse en lo que hoy es: un abanico de posibilidades que ofrecen desde quioscos de prensa a heladerías, pub, cafeterías, chiringuitos donde degustar los populares espetos de sardinas con olor a mar y sitios de comida rápida. La marea humana y sus parasoles multicolor se concentran a los pies del peñón pero, al igual que la arena se hace más fina al acercarse a La Guardia, custodiada por cultivos tropicales como la caña, los bañistas son más escasos al alejarse de la Peña Grande.

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