M. Á. R.
Juan Manuel Vallecillos –Juanma para sus conocidos– había trabajado algún verano en el invernadero de sus suegros, pero nada serio. Para echar una mano, quizá. Pero su trabajo estaba lejos del campos, los plásticos y las ramas de tomate. Lo suyo (o al menos lo que le ha dado de comer los últimos cinco años) era el sector metalúrgico, que ha vivido un desarrollo imparable al calor del ´boom´ inmobiliario. Juanma trabajaba en El Ejido en una fábrica de carpintería metálica, es decir, donde se producían las ventas, puertas y demás elementos que después iban a parar a las casas recién construidas. Pero cuando las viviendas dejaron de venderse, la compañía quebró y él, junto a otro centenar de trabajadores, se quedó en la calle.
A sus 26 años, Juanma decidió volver al invernadero de Albuñol, pero esta vez para quedarse. "La verdad es que estoy a gusto; no sé qué haré cuando pase la crisis, pero por ahora estoy bien", asegura.
La otra opción es seguir intentando trabajar en el sector de la construcción, "pero sólo te ofrecen contratos de dos o tres meses y no pagan bien. Nada estable", lamenta. Por eso, ha cambiado la metalurgia por los pepinos, las sandías o los tomates. "Casi todos mis compañeros de la otra empresa han acabado en la agricultura; algunos en los invernaderos, otros en los almacenes de frutas, pero todos en el campo", explica.
Como la de Juanma hay otras muchas historias en la provincia, protagonizadas por personas que perdieron sus trabajos en la construcción y han acabado dedicados a la agricultura. Puede que no se gane tanto, pero permite ganarse la vida a pesar de la crisis.