Una apuesta por la vida

Francisco Rodríguez es un ludópata rehabilitado que hoy, Día Mundial Sin Juegos de Azar, celebra con orgullo sus once años alejado de las máquinas tragaperras

 07:59  
Un jugador, ante una máquina tragaperras en un bar.
Un jugador, ante una máquina tragaperras en un bar.  L.O.

DOMINIQUE BERTHOLET Como cada mañana, aquel día Francisco desayunó en el bar de la esquina. Pidió un café sólo que enseguida pagó y, cuando el camarero le dio la vuelta, miró las monedas que le sobraban y acudió a la llamada de aquel objeto repleto de luces parpadeantes y melodías repetitivas. "Un, dos, tres, ¡Avance!". Él aún no lo sabía, pero fue en ese momento cuando comenzó su viaje hacia la ruina.

Ahora tiene sesenta años, y, gracias a la Asociación Granadina de Jugadores de Azar Rehabilitados (Agrajer), puede celebrar hoy, Día Mundial Sin Juegos de Azar, que hace más de una década que está curado, porque aunque no exista medicación para ello, la ludopatía es una enfermedad.

"Al principio no era consciente de lo que me pasaba, creía que mi familia estaba en contra mía y no me sentía culpable de nada", confiesa. Francisco asegura que el día que no jugaba era porque no tenía dinero, ya que el tiempo libre lo sacaba de donde hiciera falta, incluso del trabajo.

De camino a la ruina. Poco a poco "fui perdiendo mi dignidad, apenas me duchaba y llegué a gastar todo mi sueldo en las máquinas tragaperras", recuerda un hombre que, en aquel entonces, era autónomo en el sector de la construcción. "Tenía siete u ocho empleados a mi cargo", comenta y añade, "algo que me enorgullece es que a ellos nunca les dejé de pagar, pero a casa, sin embargo, no llevaba un duro y mi mujer tuvo que ponerse a trabajar porque llegó un momento en el que nos faltaba hasta para comer", relata de forma tímida y con una expresión en sus ojos que sólo transmite arrepentimiento.

Actualmente, 242 personas se encuentran bajo tratamiento en la asociación granadina de jugadores de azar rehabilitados. La edad media de los adictos es de 35 años, aunque según Juan Luis Suárez, su presidente, un 30% tienen entre 18 y 25 años. De este modo se demuestra que el perfil del ludópata "ha cambiado muchísimo en los últimos años", sostiene. La culpa de todo, como siempre, la tiene la dichosa crisis. "Son cada vez más jóvenes porque, tras acostumbrarse a ganar mucho dinero, han perdido patrimonio y han ganado tiempo libre que ahora emplean en máquinas, bingos y, lo que se ha reforzado más, juegos a través de la red", declara.

Según los últimos estudios de Agrajer, el 98% de los pacientes que finalizan su tratamiento, continúan manteniéndose abstinentes después de tres años."En una ocasión llegué a engañar a mi hija para que me diera el dinero con el que iba a pagar su viaje de estudios y no le dijera nada a mi mujer", cuenta y reconoce que, a raíz de aquello, su esposa se puso en contacto con Agrajer

"Los jugadores desarrollamos unas habilidades tremendas para mentir, siempre con el objetivo de recaudar fondos que luego invertimos en nuestros vicios", afirma.

El primer día que fue a la sede de la asociación, ubicada en Cenes de la Vega, no lo hizo para rehabilitarse, ni si quiera se planteaba que tuviera que someterse a ningún tipo de tratamiento, porque, según pensaba, él podría dejarlo en cuanto se lo propusiera. "Sólo fui porque, antes de eso, mi mujer llevaba yendo cuatro meses y yo lo que quería era saber cómo era el lugar donde ella estaba pasando su tiempo", señala.

La persona que lo recibió resultó ser un antiguo amigo, algo que le sorprendió, porque hasta entonces no había tenido constancia de que aquel hombre hubiera jugado. Los voluntarios son individuos rehabilitados que, a través de sus propias experiencias, ayudan a quienes, tras reconocer su adicción, deciden curarse.

"¿Cuánto rato has pasado tú con mi mujer para que le haya dado tiempo a contarte tan bien todo lo que yo hago?", preguntó Francisco tras oir el testimonio del ex-ludópata. "Estaba tan ciego que pensaba que todo lo que me había dicho era mentira, y que había sido mi esposa la que le había descrito cada uno de los movimientos que yo hacía para que éste, a su vez, me convenciera para dejarlo", apunta.

Aquella charla le sirvió para incorporarse a las terapias en grupo e iniciar el tratamiento, aunque, tal y como trae a su memoria, en ningún momento lo hizo por él, ni por rehabilitarse, sino por callar a su pareja.

"Ella lo ha pasado peor que yo", asume. "Cuando entraba en un bar siempre, ganara el premio o no, salía con la cartera vacía, porque los beneficios que obtenía los volvía a invertir y hasta que no me quedaba sin blanca no me despegaba de la máquina", relata.

Aquella actitud estuvo a punto de acabar con su matrimonio su trabajo y "prácticamente todas las buenas amistades" que tenía se alejaron de él, cansados de sus mentiras.

Recomendaciones. No llevar dinero encima, romper las tarjetas de crédito o ponerlas bajo la responsabilidad de algún familiar, no beber alcohol y evitar acudir a las zonas de riesgo, como bares o locales con máquinas tragaperras son las principales pautas que Agrajer suele marcar a sus pacientes.

Al poco tiempo de empezar su tratamiento, Francisco tuvo una recaída. "Me costó muchísimo trabajo superar mi enfermedad, pero cuando volví a jugar me di cuenta de que, realmente, tenía un problema" y aclara: "Hablé con mi mujer y le dije que ya me daba igual si ella iba a seguir o no acudiendo a las terapias. Ahora era yo el que estaba dispuesto a poner todo de mi parte para conseguir vencer esa adicción tan grande".

Dos años. El proceso de curación duró, aproximadamente, dos años. Una vez que el equipo de psicólogos, asistentes sociales y moderadores de terapias de grupo decidieron que podía retomar su vida normal, comenzó lo que los expertos denominan "periodo de seguimiento", que Francisco superó de manera ejemplar. "Rehabilitarme ha sido lo mejor que me pasado. Ahora soy feliz y disfruto de cada momento que paso con mi familia, aunque no hay un sólo día que no me reproche aquellos maravillosos años y la infancia, que me perdí, de dos niñas preciosas que tengo y que ya nunca voy a poder recuperar".

Hoy día, cada vez que entra a un bar y ve a alguien jugando a las máquinas tragaperras siente el deseo de avisarle sobre los riesgos que corre y la cantidad de posibilidades que existen de que se convierta en un adicto. "Al final nunca digo nada, porque yo he vivido esa situación y sé que, lo más probable es que me dé una mala respuesta o incluso un guantazo", expone.

Francisco, recomienda a todos aquellos que crean padecer ludopatía que "no tengan miedo de pedir ayuda", porque, aunque hay mucha gente en la asociación, "aún no están todos los que deberían".

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