La abuelita mochilera

Un macuto lleno de remiendos fue el único acompañante de Kandy, una mujer de 74 años que vive en Carchuna, en su vuelta al mundo. Sus experiencias se resumen en un blog de internet

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Kandy García, en las cataratas de Iguazú.
Kandy García, en las cataratas de Iguazú. La Opìnión

DOMINIQUE BERTHOLET Antoine de Saint-Exupery fue el escritor francés que creó al Principito, ese niño enamorado de una flor única en el mundo que vivía en un planeta sólo un poco más grande que su casa. Alguien que, a sabiendas de la libertad que otorga la aventura de cruzar fronteras, dijo un día: "Aquel que quiera viajar feliz, debe viajar ligero". Kandy García Santos, la abuelita mochilera, hizo suya la frase del padre de ´Le petit prince´ cuando, a los 66 años, recién jubilada, o "jubilosa", como ella prefiere decir, decidió girar alrededor del globo terráqueo con la única compañía de un viejo macuto que tiene tantos remiendos como solera.

La mujer que hoy está cerca de cumplir los 75, fue la primera abogada de Motril. Un alma inquieta que, a mediados de los años setenta, descubrió la Costa Tropical e hizo de ella su hogar. Kandy nació en Valladolid en 1935, aunque se trasladó a San Sebastián cuando era una veinteañera. Allí abrió un camping y conoció a un holandés que le robó el corazón, la convirtió en su esposa y se la llevó a su país natal, donde dio a luz a Efrén, su único hijo.

Entre expedientes y clientes en desacuerdo con la justicia, el estrés y un ritmo de vida frenético "soñaba que algún día daría la vuelta al mundo", cuenta Kandy, sentada frente al mar en una de las acogedoras mesitas de la terraza de su negocio familiar, el camping Don Cáctus, en Carchuna.

Poco a poco se fue liberando de "todos esos detalles que condicionan las decisiones". Se separó de su marido, se jubiló para olvidar las "prisas" de la vida de ejecutiva y compró un billete de avión que, "por algo menos de 500.000 pesetas, en aquellos tiempos", le daría la oportunidad de recorrer, de este a oeste, un máximo de 72.000 millas. El pasaje se llamaba ´Vuelta al mundo´.

Durante los 365 días que duró su aventura, Kandy asegura que lo único de lo que no se separó en ningún momento, fue del colgante que, antes de partir, su hijo le regaló. "Cuando le dije que me iba sola a recorrer el mundo, le iba a dar algo", recuerda la abuelita al despertar, una vez más, a esa niña que aún vive en su interior. "Me dio una chapa de las que usan los militares que tenía mi nombre y su número de teléfono inscritos", explica.

La aventura comenzó en el aeropuerto de Madrid, donde la ´Willy Fog de Carchuna´ cogió un vuelo hacia Buenos Aires (Argentina). "Una vez allí, viajé en pequeños autobuses públicos, que no turísticos, a precios más que asequibles", relata. Cuando Kandy empieza a hablar consigue que el resto de las cosas que rodean la conversación se difuminen y desaparezcan. Adorna cada detalle con tanta ilusión y alegría que, si se cierran los ojos, resulta fácil acompañarla en sus entrañables cruzadas. Ella no se cansa de repetir que "para viajar no hace falta dinero". No si uno se acostumbra a dormir en albergues y alquilar "esas casas donde te dan una habitación esté como esté", apunta.

En el interior de su única compañía, aquella mochila rasgada y cosmopolita, "sólo guardaba un par de mudas, una botella de agua mineral y un cuaderno donde apuntaba cada cosa que vivía" con el único objetivo de que, algún día, su pequeña nieta, de un año, pudiera hacerse eco de las aventuras que vivió su abuela sin perderse ni un punto ni una coma.

"Dependiendo del sitio al que fuera me encontraba con grupitos de jóvenes mochileros que, cuando me veían, se asombraban tanto que ya no se despegaban de mí", narra, y destaca que "cuando estás lejos de casa, la necesidad de comunicación crece y eso da lugar a que la confianza con la gente que tienes cerca se desarrolle rapidísimo" y las relaciones sean tan profundas como fugaces.

Kandy nunca llamaba por teléfono a su familia. "De vez en cuando enviaba un e-mail", confiesa. Tampoco tenía un destino fijo ni una estancia determinada para cada lugar. "Cuando llegaba a un pueblo, no sabía el tiempo que iba a quedarme. Todo dependía del interés que cada rincón despertara en mí", sentencia.

Recorrió Argentina de punta a punta, estuvo en Chile, Brasil, Colombia y México. Paseó por el centro y el norte América, visitó Asia y volvió a casa desde Nueva Delhi. "Siempre estaba rodeada de gente joven que, como yo era más mayor y, por tanto, tenía más historias que contar, me acababan tratando como si fuera su abuela", dice la jubilosa aventurera a la que, por eso, nunca le faltó el cariño.

Una de las condiciones que se puso durante su gira mundial fue la de no bailar al son de los turistas. Ella escogía lugares recónditos donde sólo encontraba a gente nativa que apenas conocían la existencia de la cámara de fotos. Por cierto, Kandy siempre llevaba una y, gracias a eso, ahora tiene un blog en internet (www.laabuelitamochilera.com) donde, cada vez que tiene tiempo, cuelga imágenes que ilustran las peripecias que vivió en su singular escapada.

"Las carreteras de Chile son muy estrechas", describe, "tanto que los autobuses no cabían y teníamos que ir en furgonetas con una capacidad para seis u ocho pasajeros". Nunca olvidará cuando, de pronto, el vehículo se paró en seco y, por supuesto, bloqueó el camino. "El conductor decía que había un fallo en el motor", resume y añade que "aún hoy sigo sin entender como aquel hombre, aunque tardó seis horas en las que ningún coche podía esquivar nuestra furgoneta para continuar su viaje, pudo arreglar la avería con la única ayuda de unas tenazas y un martillo". Durante la reparación del cacharro calló la noche y llegó la luna que "parecía una cunita". Kandy reconoce que, al estar en el hemisferio Sur, el cielo era diferente y "nunca había visto algo tan bonito".

La abuelita mochilera asegura que la "inmensa mayoría de las aventuras" que vivió fueron "preciosas". Todas inolvidables, pero admite que también se llevó algún susto. "Cuando estaba en Colombia cogí un autobús público que me llevaba a la Catedral de la Sal –una iglesia que había sido construida en mitad de unas minas de sal alucinantes–", cuenta. En una de las paradas se subió un encapuchado que sostenía una pistola. Cuando cambiaba de país, siempre dejaba un libro en cada albergue y se hacía con otro nuevo que le aportara información sobre el próximo rincón que se disponía a visitar. "No podía viajar cargada", comenta. En el ejemplar que hablaba de Colombia, su autor advertía de la falta de seguridad de la nación, creada por una serie de delincuentes que se dedicaban a secuestrar a europeos y americanos que acudían a su tierra para pasar sus vacaciones. "Cuando vi a aquel muchacho, recordé lo que había leído y me fui hacia él para decirle que si buscaba a una turista, la única allí era yo, y ni eso, porque yo no soy turista sino viajera", confiesa. "No tengo dinero, sólo esta mochila que no contiene nada de valor, soy mayor, no hay nadie que me espere al que puedas pedir plata y mira la pinta que tengo, así que no pierdas el tiempo aquí porque no vas a conseguir nada", dijo. Después de eso, asegura que el ladrón le guiñó y cariñosamente le pidió que se sentara para, acto seguido, abandonar el autobús. "Cuando las puertas se cerraron con aquel personaje fuera, todos los colombianos me aplaudieron y gritaban ¡Viva la abuela más valiente!", relata Kandy, orgullosa de su hazaña.

En su ruta por el mundo, Kandy se vio sorprendida por los monzones que, durante su estancia en la India, "el lugar donde, sin entender ni una palabra, he dado y recibido más amor", argumenta, se le cayó, literalmente, el techo de la habitación donde dormía, encima. En Chile, cumplió su sueño de conocer a una tribu de Mapuches, hombres de la tierra. Comió con ellos en sus casas redondas de paja (rucas), habló con una ´Machi´, o mujer que actúa como guía espiritual y comunica a los humanos con los dioses e, incluso, pisó su campo sagrado y tocó la piedra que ellos consideran más especial. En Hong Kong fue chantajeada por un grupo de filipinos de los que, ahora, sólo siente pena pero, en aquel momento, lograron asustarla cuando, "por poco" acaba en la cárcel asiática.

Tantas historias le regaló su viaje que, al final, aquel diario que llevaba para su nieta se ha convertido en un libro que, al igual que su blog, ha titulado ´La abuelita mochilera´, publicado por la editorial Autopublish.es, y que, dentro de poco, firmará a aquellos que se acerquen a comprarlo a la librería Picasso, en Granada.

"Viajar es un placer que recomiendo a todo el mundo", dice Kandy cuando, además, asegura que "no hace falta ser rico para moverse", que es un vicio que ya nunca la deja y que cada dos meses siente una "necesidad incontrolable" de embarcarse en una de sus cruzadas. "A veces repito destinos pero, como siempre vivo sensaciones diferentes, nunca me canso", comenta.

Vive en una casa maravillosa a orillas del mar de Carchuna junto a su familia y su mochila. Una compañera de viajes que, "aunque está vieja, no puedo abandonar porque ha sido, en muchas ocasiones, la única a la que podía contar los momentos tan apasionantes que esta viviendo", concluye quien promete, a sus 74 años, que aún le esperan muchas experiencias por vivir.

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