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HEMEROTECA » |
DOMINIQUE BERTHOLET
Para algunos el otoño empieza cuando las hojas amarillentas de los árboles tejen una alfombra que cubre el asfalto. En Granada, la estación que sigue al verano no se hace oficial hasta que las frutas de colores y las tortas de la Virgen de las Angustias se instalan en Puerta Real.
Niños y mayores, guiris y granadinos se acercan a la Fuente de las Batallas atraídos por el vivo colorido de acerolas y azofaifas. Los vendedores, a pesar de la dichosa crisis, permanecen sonrientes en sus puestos gritando a los cuatro vientos: "¡Niña, que yo vendo calidad!".
Ayer fue el primer día del mercado de otoño. "Como siempre, el viernes es el día más flojo", explica María, una de las vendedoras de fruta, "el sábado es mejor y el domingo, con la procesión, esto se pone que no cabe ni un alma", comenta y añade: "Espero que este año sea igual que los otros y le pido a la Virgen que no llueva, porque con la ruina que tenemos encima o vendemos o no sé de qué vamos a vivir".
Ni el sol radiante ni los más de treinta grados se encuentran entre las típicas características de la recién estrenada estación, aunque para Sophia y Natascha, dos estudiantes austriacas con beca Erasmus, la combinación del calor y el color de la fruta dibujaban una postal perfecta de la ciudad en la que sólo llevan tres días. "Es la primera vez que visito España y si todo es como Granada, me va a encantar", asegura Sophia mientras ofrece a su amiga un puñado de acerolas rojas que acaba de comprar en uno de los puestos. "Nunca había visto una fruta parecida a ésta", comenta Natascha antes de llevarse una a la boca.
Para la mayoría de los vendedores, el mercado de otoño ya es toda una tradición. Francisca Díaz presume de ser la más veterana de todas. "Llevo poniéndome aquí 51 años y vendo las tortas de la Virgen más buenas que puedas probar". El puesto de Francisca es uno de los más grandes de la plaza y la variedad de sus productos es casi infinita. Hay soplillos y dulces típicos de La Alpujarra, pestiños, roscos y cuñas de chocolate, pero "lo más típico son las tortas de azúcar rellenas de cabello de ángel, que es lo que llamamos tortas de la Virgen", explica la señora mientras envuelve una de las medianas para un cliente: "Son diez euros, pero están riquísimas".
De los más de veinte puestos, prácticamente la mitad se dedican a los frutos y el resto a las tortas. Algunos de los quioscos pertenecen a hermandades a las que luego destinan los fondos recaudados. En el caso de Francisca, las ganancias no tienen un fin concreto.
"Tengo trece nietos, así que imagínate si tengo donde invertir lo que ganemos este fin de semana", apunta.
Uno de los detalles más asombrosos del mercado es la alegría de su gente. Los comerciantes intercambian sonrisas que dejan adivinar que la competencia entre ellos no existe. Es curioso.
"Casi todos los que vendemos fruta somos familia", cuenta una de las dependientas, "y a quienes no nos tocan algo, los conocemos de otros años, así que lo que hacemos es intentar ayudarnos y que todos vendamos cuanto más mejor porque a todos nos hace falta el dinero y acabar un género que en tres días ya no sirve más".
Mientras, un grupo de alemanes miran las nueces frescas, acerolas y azofaifas con la misma cara de un terrestre que observa a un marciano.
La frutera, sin cortarse un pelo, dice que "los guiris miran y preguntan mucho, a veces hasta cogen y prueban, pero lo que es gastar, ¡ni un durico!" .
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