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DOMINIQUE BERTHOLET
Hay barreras difíciles de franquear pero, en muchas ocasiones, con voluntad y ayuda casi todo puede llegar a ser accesible. Un ejemplo de ello son las personas con movilidad reducida que, con la colaboración de voluntarios de Cruz Roja, pueden bañarse en la playa motrileña de Poniente cualquier martes o jueves durante los meses de julio y agosto. El objetivo es la integración de las personas que sufren alguna discapacidad. Para ello se pone a su disposición sillas anfibias que soportan un peso de hasta 150 kilogramos.
Ayer por la mañana fue el turno de los mayores de la residencia San Luis de Motril y once de ellos decidieron bañarse. Había algunos que jamás se habían sumergido en el mar y otros que llevaban más de diez años sin hacerlo. Nadie sintió miedo en los momentos previos al baño y todos los rostros, tras vivir la experiencia, radiaban placer, alegría y un cierto heroísmo.
"Ha sido maravilloso", explica Jesús Molina, de 82 años. "Si los antiguos abrieran los ojos y vieran todos estos adelantos no se lo podrían creer", argumenta el pensionista con lágrimas en sus ojos causadas por su primer contacto con el mar desde hace tanto tiempo que ni lo recuerda. "Vendré todos los días que pueda", asegura.
Carmen Vilches, directora en funciones de la residencia, manifiesta su gratitud a la labor que Cruz Roja desempeña en la playa. "Cuando vuelven al centro, los mayores se pasan una semana hablando del mar, de cómo estaba el agua y de lo bien que lo han pasado. Los más lanzados, incluso reprochan al resto no haber querido participar en esta actividad que les devuelve la vida", explica.
María Luisa es otra residente de San Luis y no recuerda su edad, tampoco asume su poca movilidad y le encanta hablar de lo bien que sabe nadar y los momentos que solía pasar con su hija en la playa: "Nos gustaba venir de noche, cuando había muy poca gente y el agua estaba caliente. Mi hija murió y ya no me dejan bañarme sola", lamenta.
Son muchos los mayores que intentan pasar de puntillas sobre su enfermedad, según comenta Alba Caro, trabajadora social y responsable de Cruz Roja en Motril. "A pesar de sus minusvalías todos están deseando bañarse, les da mucha confianza ver tanta gente a su alrededor y nosotros les hablamos mucho y estamos muy pendientes de que se sientan a gusto y lo pasen bien", precisa.
Caro explica que, en ocasiones, ellos prefieren no mojarse demasiado por lo que "los paseamos por la orilla para que puedan estar cerca del mar, llenamos un cubito con agua para que la prueben con las manos y, a veces, se atreven a meter los pies, pero todos acaban contentos y, la verdad es que se lo merecen. Es una satisfacción indescriptible vivir con ellos algo así."
Voluntarios, un socorrista acuático, una trabajadora social y, en caso de tener que recoger al usuario en su domicilio, un transporte adaptado son los recursos imprescindibles para poder llevar a cabo esta actividad. Cada bañista que se beneficia de una silla anfibia está bajo la responsabilidad de un mínimo de tres personas.
Mientras unos se bañan, el resto espera mirando al mar, a la sombra y sentados en sus sillas de ruedas colocadas por los voluntarios, cerca de la orilla, en línea horizontal.
Parece un espectáculo cuyo público y protagonistas son los mismos. Lo más asombroso, sus caras de felicidad y gratitud. Todos pretenden volver.
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