Ciudadanos

Ni putas ni sumisas

 09:04  
Sihem Habchi, al centro, durante una manifestación del movimiento que preside en Francia.
Sihem Habchi, al centro, durante una manifestación del movimiento que preside en Francia.  whispering

La Asociación Codenaf organiza unas jornadas para debatir el papel de la mujer inmigrante en la sociedad. Los ponentes hablan de sus experiencias en otros países europeos

M. J. SEGURA La integración de la mujer en todos los planos de la sociedad es un fenómeno reciente. Hace apenas medio siglo las españolas tenían que pedir permiso a sus maridos incluso para salir del país. El divorcio, por supuesto, no estaba permitido. Su lucha ha cosechado innumerables resultados. El paso de un régimen fascista a una democracia propició la evolución de la mujer. A nadie extraña encontrarse ahora con una directora de una empresa, una ministra o una policía.

A pesar de estos logros, la discriminación del 50% de la población sigue vigente en una sociedad en la que ha imperado durante siglos el machismo. Esta exclusión se acrecienta cuando se habla de aquellas nacidas o con orígenes fuera de las fronteras de la Unión Europa. La "doble discriminación" de las inmigrantes, por ser mujeres y foráneas, fue ampliamente debatida ayer en unas jornadas tituladas ´Visibilidad/ Invisibilidad de la mujer inmigrante´, organizadas por la Asociación Codenaf en la sede de la Fundación Euroárabe de la capital.

Entre los expertos que intervinieron en el seminario se encontraban antropólogos, sociólogos, juristas y representantes del movimiento asociativo, nacionales y extranjeros. Una de las ponentes, Sihem Habchi, presidenta del Movimiento Ni Putas Ni Sumisas, narró cómo las extranjeras en Francia han batallado desde la década de los 80 para abrir un espacio en el que sus reivindicaciones sean escuchadas y escapar del machismo que impera en los barrios periféricos en los que se asentaron los inmigrantes.

"El machismo y la religión dominaban el cuerpo y la sexualidad. En los años 80 y 90 se fue reduciendo nuestro espacio hasta volverse insoportable", comentó Sihem, quien aclaró el nombre del movimiento que preside: "Puta es porque consideramos que por llevar un escote o una falda no dejamos de ser mujeres respetables. Sumisas, porque no queremos ser la hija que lo acepta todo".

Esta francesa de padres argelinos desgranó una serie de situaciones que se han vivido en el país galo y que han coartado la libertad de las jóvenes foráneas. "Muchas mujeres se casan contra su voluntad. Jóvenes que abandonan sus estudios y deciden seguir el esquema propuesto. Es un suicidio interior y hace muy difícil el posterior vínculo madre-hija".

Las delicadas realidades a las que han tenido que hacer frente las inmigrantes en Francia son extrapolables a España. Mercedes Soto Moya, profesora del Departamento de Derecho Internacional Privado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, apuntó algunos de los aspectos que han recogido los legisladores acerca de la mujer foránea.

Uno de los puntos que han tenido en cuenta a la hora de redactar la nueva Ley de Extranjería ha sido la violencia de género. Así, la docente señaló que una inmigrante víctima de malos tratos que decide separarse de un marido con nacionalidad española pierde la residencia y se le concede un período de seis meses para que encuentre un empleo –un contrato laboral de un año– y obtener el permiso de trabajo.

El caso de las mujeres foráneas casadas con un hombre también extranjero es similar. Si el juez condena las agresiones conyugales deberá lograr un trabajo para permanecer en España. En caso contrario, será devuelta a su país de origen.

Estos hechos hacen de la mujer extranjera no comunitaria un colectivo aún más débil, que ante situaciones como los malos tratos, pueden optar por no denunciar a su marido por el miedo a perder su documentación y seguir padeciendo la violencia doméstica.

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