JAIME MARTÍN
La calle Agustina de Aragón se ha convertido en un fantasmagórico laberinto. Desde que comenzaron las obras del metro en septiembre del año pasado, la entrada a esta vía ha quedado prácticamente imposibilitada, dado que tampoco se puede acceder a ella desde San Antón. Los comerciantes de la zona, como expresan entre abatidos y ansiosos, no ven el momento en que las obras del metro se terminen, ya que todo el antiguo tránsito de posibles comerciantes se ha visto reducido a los vecinos del barrio, que se mantienen fieles a sus establecimientos de siempre, pero que no son suficientes para capear un temporal que se ve acrecentado por la omnipresente crisis.
Una valla prohíbe el paso a los vehículos, pero también es como si de manera subliminal, los propios viandantes evitaran adentrarse en Agustina de Aragón. La calle nunca ha gozado de una especial belleza, semipermanente sombra que reina en la vía y un mobiliario urbano inexistente no han contribuido a ello. Sin embargo, el pequeño parque situado a mitad de recorrido entre camino de Ronda y San Antón, ayuda a pasar las tardes de primavera a los chavales del barrio. Ya en las aceras, los comerciantes llevan su día a día como mejor pueden, mirando siempre de reojo a ese local de la esquina, o al que está justo a su lado, que se ha visto obligado a cerrar. "Desde que las obras comenzaron ya han cerrado cinco o seis comercios", explica el portavoz de la plataforma de comerciantes de la calle, Pedro Hernández.
Entre máquinas. Comercios de todo tipo soportan como pueden la nueva situación. Desde supermercados en los que la bajada de ventas se puede soportar mejor, hasta pequeños comercios casi tan históricos como la heroína que da nombre a la calle. Tiendas de muebles, de motos, pescaderías e incluso librerías de fantasía y ciencia-ficción, hacen que los vecinos de la zona no se tengan que desplazar demasiado en sus compras diarias.
Hasta hace poco, Agustina de Aragón se había caracterizado por ser una calle relativamente tranquila para encontrarse situada en el barrio Fígares. Ahora, con las gigantescas máquinas perforadoras y un tráfico infernal justo a la entrada de la calle, incluso dentro de los comercios más cercanos a las obras se puede escuchar la rutina de trabajo de los operarios. Más tranquilos están los vecinos y comerciantes de la parte alta de la calle, la más cercana a San Antón. Aunque el tráfico por la histórica calle se ha vuelto más complicado aún de lo que venía siendo habitual, el flujo de gente es constante y los comercios más próximos pueden respirar un poco más tranquilos.
Es precisamente en la zona más alejada de camino de Ronda donde se han desarrollado las mejoras más importantes de la calle. El embovedado de la acequia Gorda -que no estuvo exento de polémica por el retraso en las obras-, y la remodelación de la plaza adjunta le han dado un aliciente diferente a la calle. Los vecinos y sobre todo, los chavales del colegio Tierno Galván, pueden pasear ahora tranquilos al lado de la acequia o relajarse en los bancos de la plaza. El insoportable olor que antes era habitual en la zona ya ha desaparecido.
La calle Agustina de Aragón y en extensión el barrio Fígares-Río Tenerías, tienen un gran reto por delante, como aciertan a coincidir la mayoría de los comerciantes. Las obras del metro, aun cumpliendo con los plazos estipulados, se presentan largas, ruidosas y traumáticas para el tráfico.
Los comercios llevan aguantando más de ocho meses con la esperanza de que después, con el sistema de transporte ya en marcha, la zona pueda volver a vivir una segunda juventud.