JAIME MARTÍN
La mañana se despereza en calle Alhamar a ritmo de claxon, de pitidos insufribles que se conjugan con el viandante desde su inicio, en Camino de Ronda, hasta su desembocadura en San Antón. Todo un caos que apenas da respiros, salvo en los pequeños refugios aledaños a la transitada vía. La calle Abén Humeya es precisamente uno de esos pocos oasis de tranquilidad que aún afloran entre el circo de las obras del metro y la imposible estrechez de la mítica San Antón.
Poco conocida y a la sombra del intenso tráfico –que no a salvo–, se mantiene Abén Humeya, heredera de aquel caballero morisco de nombre cristiano: Fernando de Córdoba y Válor. No recuerdan ya su historia en la tienda de cerraduras y puertas, tampoco en el servicio técnico de televisión digital. Ni tan siquiera el zapatero del barrio, amante declarado de su ciudad, puede rememorar las novelescas hazañas del que fuera rey de Granada allá por 1565. La suya fue una de esas vidas vibrantes, cargadas de leyenda y abocada a un final trágico por la testarudez con que el destino parece marcar a ciertos personajes.
De legado musulmán, concretamente de los Omeyas de Córdoba, la familia de Abén Humeya tuvo que renunciar a sus creencias tras la conquista de Granada. Se adaptaron a los nuevos tiempos, como lo hizo en este siglo Mari Carmen Flores, que hace años se dedicaba a la reparación de televisores en exclusiva y hoy espera con ilusión el apagón digital y la avalancha de clientes en busca de un descodificador.
El suyo también ha sido un camino de cambios, algo que comparte con el caballero que da nombre a su calle, aunque ella no lo sepa. Los Reyes Católicos, como gesto recíproco con los Humeya, le cedieron el señorío de Válor al líder de la saga, comenzando de esta manera la época más próspera de la recién formada familia de moriscos –musulmanes convertidos al catolicismo. Un tiempo de laureles que también ha vivido la tienda de muebles que hace esquina con la Calle Nueva San Antón; momentos de bonanza que ahora son ecos del pasado.
Retomando su historia, Fernando, Abén, nacido cristiano, jamás obvió el pasado que corría por su sangre, así que cuando estalló en 1568 la revuelta contra el rey Felipe II, por prohibir el uso del árabe y todo lo relacionado con su cultura, no vio otro camino más que el de unirse a la insurrección. En ese momento dejó su nombre y vida anteriores para abrazar sus raíces y convertirse en Muhammad Ibn Umayya, rey de Granada, que tras juegos lingüísticos y siglos de historia, terminaría con el nombre por el que hoy se le conoce.
Entusiasta se muestra José Antonio Rodríguez, zapatero de los que ya quedan pocos, de formar parte de la historia de Granada a través del nombre de su calle. Abén Humeya, como la calle que recibe su nombre, no desembocó en un final feliz. El Abén de carne y hueso terminó vilmente asesinado por uno de los suyos; el Abén de asfalto y ladrillo, con aceras estrechas, de las que se queja vivamente la noruega Hilde Hem, la responsable de amueblar al barrio.
La zona es tranquila, reconocen los vecinos y comerciantes, a pesar de la marabunta que les circunda. Pero la falta de aparcamientos es el principal problema al que se enfrentan, tal y como lo hiciera el morisco, siglos atrás, contra las draconianas leyes de Felipe II. Aún así, ellos, los que ensanchan la calle, irradian de luz las esquinas y dan vida a sus muros, no dejarían su Abén Humeya así lo dijera, en edicto oficial, el mismísimo rey de los cristianos.