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M. J. SEGURA La desnutrición infantil y la anemia son las patologías más frecuentes entre una población de 140.000 personas que sobrevive en las condiciones extremas del desierto con la esperanza de volver a su tierras y desechar su actual estatus de refugiados. Para paliar estas enfermedades solamente disponen de ocho médicos nativos que se reparten en las distintas regiones o wilayas. Ante esta situación la ayuda internacional es esencial.
Cada año seis comisiones médicas compuestas por treinta profesionales parten de Granada rumbo al Sahara para atender a los refugiados. Es la provincia española que envía mayor número de facultativos al desierto. Una labor respaldada por la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de la capital, con el respaldo financiero de ayuntamientos y de la Diputación.
Responsables instituciones, profesionales sanitarios, empresarios y familias que cada verano acogen a niños de entre siete y doce años que residen en el Sahara, se trasladaron la pasada semana a los campamentos de refugiados para conocer de primera las condiciones en las que se hallan y concienciar sobre la necesidad de seguir apostando por la cooperación internacional para mejorar su calidad de vida.
En total 27 granadinos secundaron una aventura que los trasladó a lo largo de seis días a un mundo donde en el mes de abril, mientras en Granada los cielos siguen amenazando lluvia y las temperaturas aún se resisten a la primavera, ya se registran más de treinta grados a las once de la mañana y presagian un verano en el que el sol impedirá a los saharauis salir de sus jaimas.
La alcaldesa del Pinar, Julia Díaz, y el responsable del área sanitaria de la organización, Diego Fernández, fueron dos de la treintena de viajeros que partieron el Lunes Santo de la ciudad.
Para Julia era su primera toma de contacto con los campamentos de refugiados. "Nunca te imaginas lo que hay allí. Hacen un gran esfuerzo por subsistir. Se les ve felices y son muy luchadores", asegura la regidora.
Se repartieron en grupos de cinco y familias saharauis los acogieron en sus jaimas. "Estuvimos en sus casas y nos dieron todo. Allí viven como una gran familia. No existe el concepto de individualidad que tenemos en España", señala la alcaldesa del Pinar que se ha comprometido a donar cubas de plástico para almacenar el agua, ya que las que poseen en la actualidad son de metal y contaminan el líquido elemento.
Narra su experiencia con la conciencia de que "a nosotros nos ha tocado la lotería por haber nacido aquí". Un mundo diferente en el que sus habitantes no tienen posibilidad si quiera de cultivar sus tierras debido a la aridez del suelo.
Su compañero de viaje es más experto en las incursiones del desierto. Es socio de la organización desde 1998 y hace seis años que invierte su tiempo libre en atender las necesidades sanitarias de los que cuentan con siete u ocho médicos para una población tan amplia.
Diego Fernández detalla la situación de unos refugiados que, incide, "ni siquiera son legalmente personas porque poseen el estatus de refugiados".
Fernández ejemplifica los obstáculos a que deben hacer frente. "Ellos no pueden ir al banco a abrirse una cuenta ni siquiera existe el pasaporte saharaui".
Su especialidad es la medicina, que ejerce en el servicio de urgencias del hospital de Motril, y es en esta disciplina vital en la que hace hincapié. "Los campamentos poseen un sistema sanitario estructurado, pero tiene una gran carencia de personal".
Las condiciones en las que se encuentran los facultativos nativos justifican que la gran mayoría se vea abocado a abandonar a los suyos e intentar desarrollar su carrera profesional en Occidente. Diego Fernández cuenta que los médicos deben hacer guardias de una semana y que perciben por su trabajo unos escasos 54 euros mensuales. En las wilayas más grandes disponen de dos profesionales que se van alternando pero en las más reducidas sólo de uno, por lo que en los descansos del médico es el resto del personal sanitario el que tiene que atender a los enfermos o derivarlos a otros hospitales.
"Los médicos del Sahara no tienen más remedio que irse y los de España vamos a ayudar", comenta el responsable del área sanitaria de la asociación, que destaca que los facultativos españoles no perciben compensación económica, aunque sí personal. "El médico recibe mucho reconocimiento y mucha satisfacción. Vamos por una forma de egoísmo que es el reconocimiento de los pacientes. Lo único que no ganamos es dinero".
Julia Díaz interviene y subraya la dedicación de Diego Fernández a este pueblo. "Hemos ido a un viaje en el que no tenía que trabajar, a pesar de ello todo el mundo lo conocía y le pedía que entrara en sus casas a visitar a alguna persona convaleciente. Él siempre aceptaba". La aventura ha merecido la pena, según indican dos de sus miembros, porque los que se han trasladado al desierto han regresado dispuestos a contar y a ayudar a los habitantes de los campamentos de refugiados.
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