treinta aniversario de las primeras elecciones locales tras el franquismo

La democracia era aquella gente

 17:40  
De izq. a dcha., Jara, Olea, Aznarte, Camacho y García Cotarelo.
De izq. a dcha., Jara, Olea, Aznarte, Camacho y García Cotarelo.  j. g.
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«Era allí, en aquellos salones de plenos, más que en las Cortes, donde se empezó a hacer política de verdad y donde surgirían algunos de los más notables políticos del último cuarto de siglo»

FRANCISCO ROMACHO Política en estado puro. Política para desayunar, para almorzar, para cenar. Políticos por todas partes, por todas las calles, por todos los carteles y pasquines y, por fin, en los ayuntamientos. Aquel setenta y nueve había llegado cargado de política. El dos de enero se disolvieron las Cortes y se convocaron elecciones generales para el uno de marzo, que ganaría Adolfo Suárez y su UCD. Un mes después, tal día como ayer de hace treinta años, sin solución de continuidad, con las maquinarias de los partidos tan exhaustas como los ciudadanos, se celebraron por fin las primeras elecciones municipales desde la República.

Habían pasado cuarenta y tres años para que la democracia entrara en la Plaza del Carmen y en los consistorios de la provincia. Había que elegir a un total de mil setecientos concejales correspondientes a los ciento sesenta y ocho municipios de Granada. Trámite y depredación urbanística. El dato bajo de la participación en todo el país, del que Andalucía y Granada no fueron una excepción, se enmarca en una campaña de bajo tono. Los grupos políticos habían agotado su potencia de fuego y a sus mejores espadas en las legislativas, por lo que aquellas municipales, a pesar de su inmenso valor histórico, quedaron selladas con un inevitable tufo de trámite. Un trámite que la intensa actividad política de los nuevos ayuntamientos se encargaría de fulminar. Era allí, en aquellos salones de plenos, más que en las Cortes, donde se empezó a hacer política de verdad y donde surgirían algunos de los más notables políticos del último cuarto de siglo.

Las municipales llegan en medio de una obsesión urbanística. En una ciudad herida por el urbanismo salvaje del franquismo, en la que las escasas movilizaciones se habían producido por las agresiones del Carmen de los Mártires, del Banco de Santander o de la Plaza de la Unidad de la Chana, los discursos y los programas de todos los partidos, incluida la singular UCD, se centran en la lucha contra la depredación de la ciudad. Los eslóganes de la época explican con claridad que aún hay cierto candor, cierta ingenuidad en la política y que están muy lejos todavía los tiempos del marketing electoral. Los comunistas hablan de “ayuntamientos democráticos sin caciques y sin alcaldadas urbanísticas”. Los centristas de defensa de los monumentos históricos y artísticos. Los andalucistas “frente a la destrucción y la especulación de Granada” y los socialistas “de la participación real del pueblo”. El pacto de las izquierdas.

En la noche de anoche de hace treinta años, la sede del Partido Socialista de Andalucía (PSA) era el lugar más alegre de la ciudad y Arturo González Arcas sin duda el hombre más feliz. Gracias al pacto de izquierdas suscrito con anterioridad con socialistas y comunistas, se iba a convertir con toda probabilidad en el primer alcalde de la restauración. Un honor, una responsabilidad, un orgullo. Los andalucistas se habían colado en la fiesta de las municipales apenas sin avisar, con una lista de gente joven pero muy conocida en la ciudad. Inequívocamente de izquierdas aunque febriles en la defensa andalucista, consiguieron mil y pico votos más que los socialistas y con ello convertirse en la fuerza más votada de la izquierda granadina. El destino, encarnado en la sevillana figura de Rojas Marcos, se iba a encargar de convertir el júbilo en drama y en precipitar al vacío las expectativas de crecimiento político del andalucismo en el oriente andaluz. Los socialistas habían designado por sorpresa a Antonio Camacho, subdirector de la Caja General de Ahorros, en busca del voto más conservador. Su inexperiencia política, en un contexto muy politizado, fue más determinante que su admirable bonhomía y la pirueta de reforzar la lista en puestos de salida con Rafael Estrella y Ladrón de Guevara, recién elegidos senadores en marzo, a sabiendas de que no iban a ser concejales, resultó un fiasco.

Los socialistas no podían ocultar aquella noche de anoche sus muecas de malestar. Los obreros, con Aceytuno. Los comunistas, con el guiño histórico de Damián Pretel a la cabeza, empezaron a constatar que también en las municipales su posición con respecto a los socialistas empezaba a ser claramente complementaria. La hegemonía de la izquierda quedaba fuera de su alcance. Sus tres concejales marcan una pauta electoral que iba a mantenerse durante las siguientes décadas. La gran revelación fue Miguel Medina Fernández Aceytuno, un abogado laboralista que con una candidatura escindida del PCE (Candidatura Granadina de Trabajadores) y cinco mil quinientos votos se hizo con un acta de concejal. Aceytuno se había ganado una merecida fama de luchador incansable en los conflictos laborales de la época. Muchos años después de aquello, en algunas tapias de la ciudad, todavía se podía leer aquello de “Los obreros, con Aceytuno”. La derecha extrema franquista y sus herederos políticos se había quedado fuera del Ayuntamiento, fue como si se los hubieran tragado las alcantarillas.

Desde luego, no estaban representados en la amalgama de liberales, democristianos y ex falangistas de la UCD, vencedora con más treinta y tres mil votos y once concejales. UCD se había quedado muy lejos de la mayoría absoluta y el magistrado Sánchez Faba ya se veía, aquella noche de anoche de hace treinta años, en la presidencia de la Diputación, que los centristas habían ganado gracias sobre todo a su victoria en gran parte de la Alpujarra, Huéscar y bastantes municipios del Poniente. Fueron los socialistas los que mejor tajada sacaron en los pueblos más importantes, donde se anclarán alcaldes que llegaron a tener un enorme peso en la política granadina de los ochenta y los noventa. Diego Hurtado en Baza, Manolo Martín en Loja, Enrique Cobo (todavía con las siglas del PTA) en Motril, Emilio López Saldaña en Guadix (luego José Luis Hernández). Un peso que se iría agrandando en la medida en que su sucedieron después las victorias electorales. En Maracena, como no podía ser de otra manera, barrieron los comunistas, que se repartieron con los socialistas su influencia en el cinturón de la capital. El alcalde que debió haber sido y no fue. En la madrugada del diez de abril, apenas unas horas antes de la constitución formal del Ayuntamiento, Arturo González Arcas recibe una llamada desde Sevilla.

No va a ser el alcalde. Su partido (esto es, Rojas Marcos) ha decidido cambiar a los socialistas las alcaldías de Granada y Huelva por la de Sevilla. En paralelo, un jovencísimo Jesús Quero, que es el hombre encomendado por el partido para que marque estrechamente al indeciso Camacho, recibe la confirmación del cambio. El pleno de constitución es uno de los episodios más singulares de la transición granadina. Los andalucistas, visiblemente, enfadados exhiben al público y a las cámaras de los fotógrafos su obligado voto. Camacho, en un discurso improvisado y a trompicones, habla de una política municipal para los granadinos y Sánchez Faba (lo que han cambiado los tiempos) habla de “colaboración y leal oposición” a pesar de haber sido la fuerza más votada. Y allí empezó, de verdad, la democracia que se tocaba con la punta de los dedos.

Un mandato convulso que llevó a la dimisión a los seis meses de Camacho, cansado de las tensiones internas de su propio grupo, incapaz de manejar una situación que se le escapaba de las manos y con un amago de infarto a cuenta del embrollo del Híper. Un mandato en el que la corporación se quedó con 21 concejales por la dimisión en bloque de la lista del PSA, culminando así su enfrentamiento terminal con el partido en Sevilla. Allí empezó a revelarse un político de altos vuelos que se llamaba Antonio Jara. Y a su lado nombres como José Miguel Castillo, de una brutal influencia (incluidos los inventos protocolarios) en los primeros años; como Juan Mata; como Pepe Olea, como Mariló García Cotarelo; nombres como Jaime Mansilla, Antonio Pipó, Ricardo Avivar, José Moreno, Eulalia Dolores de la Higuera, que supieron estar a la altura de las exigencias de la ciudad apoyando un gobierno municipal de concentración a pesar de que eso perjudicaba sus expectativas electorales. Aquellos concejales eran más radicales, más soñadores, más políticos, más comprometidos, más nobles. Aquellos plenos eran una hermosa ebullición. La democracia era ellos.

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